Cuando decido despertar, duermo
Por Antonio Pardines
Hay un estilo Sorrentino. El director napolitano quiere hacerse notar. Es como si dijese: «esta es mi película, esta es mi historia, la que os voy a contar. Y lo haré a mi manera, aparentando barroquismo pero introduciendo cargas de profundidad tras la caricatura del mundo y el movimiento de mi cámara». Y aquí, en La gran belleza (La grande bellezza, 2013), se trata de un cuento sobre el vacío y la farsa existencial, sobre la sociedad de la opulencia, sobre su no tan dulce dolce vita. Para ello, inicialmente contrapone dos espacios: uno de arte, que ya asoma como consumo para turistas, y la fiesta del sesenta y cinco cumpleaños de Jep Gambardella (Tony Servillo), quien bien pudo ser un aprendiz de Marcello, cuando llegó a Roma, la ciudad tantas veces recreada y fantaseada por Fellini. En todo caso, Jep, el más mundano entre los mundanos, comprende una cuestión que había pasado por alto hasta entonces: que no quiere perder el tiempo que le reste en hacer lo que no desea. Dicha negativa introduce una idea de despertar, la cual precipita el espejismo existencial que se hace más evidente cuando el escritor y periodista conoce a Ramona (Sabrina Ferilli), una stripper de cuarenta años a quien pretende hacer de cicerone por una Roma que vive bajo la máscara de otra Roma. Esa edad, o más bien la idea de una bailarina erótica de ocho lustros vividos y espléndidamente llevados, choca con la obsesión de juventud que se descubre en la sala de temor a la vejez y de patetismo humano del doctor «milagro».
La sociedad de la opulencia de Sorrentino, que es el reflejo de cualquier ciudad y lugar desarrollados, huye del tiempo, no sabe qué hacer con él, lo teme, y acepta cerrar los ojos a su paso. Para conseguirlo, para vivir dormidos, alienados, lo superfluo, la imagen, la banalidad, la frivolidad se hacen fuertes. Se hacen necesarias para alcanzar la gran belleza de la apariencia, la cual resulta hueca y ya no emociona a Gambardella, un hombre cansado, alguien que se siente raro porque, más allá de su sexagésimo quinto cumpleaños, de todas las mujeres con las que ha estado y con las que estará, siente cómo crece y habita ese vacío exterior dentro de sí. Un vacío que se siente dentro, que se teme y que no deja de ser parte del escenario de la vida. Y Gambardella sueña, camina hacia su despertar por un espacio donde « El silencio y el sentimiento, la emoción y el miedo, los demacrados y constantes destellos de belleza, la decadencia, la desgracia y el hombre miserable» se ocultan «bajo la frivolidad y el ruido». Pero todo se acaba, el teatro baja el telón y cierra sus puertas. «Siempre se termina así, con la muerte. Pero primero ha habido una vida escondida bajo el bla bla bla bla bla… «En el fondo, es solo un truco. Sí, solo es un truco.»
Imagen de cabecera: Cartel de La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013). Uso legítimo con fines de crítica cultural e informativa. Todos los derechos pertenecen a la productora.

Comentarios
Publicar un comentario