Dentro del Leviatán
Por Antonio Pardines
En ocasiones he escuchado que la historia es aburrida, lo cual me parece una afirmación que dice poco del tema y bastante de quien la expresa. En todo caso, comprendo que pueda aburrir estudiar la lista de los reyes godos o las fechas de cada batalla y partidas de nacimiento de fulanos como Alejandro, Julio, Isabel, Cosme, Catalina o Ivan. Aunque sí hay una afirmación que considero cierta o, al menos, aproximada: la historia que nos llega no es la ordinaria y rutinaria. Llegan sus grandes momentos, ignoro si los mejores, de modo que ya sería algo así como un espectáculo que promete sacarnos de la rutina. ¿Cuántas veces se inventó la imprenta? ¿Y la toma de la Bastilla sucede todos los días? ¿O un avión estadounidense arroja a diario bombas atómicas? Pero luego existen las historias de la historia, y estas particulares son igual de interesantes, tal como expuso Carlo Ginzburg en El queso y los gusanos al centrar su interés en un molinero del Fruli acusado por la Inquisición. La suma de estas microhistorias pueden ofrecer una visión cercana de la época, incluso más humanas, puesto que la retrata a partir de personas corrientes y alejadas del riesgos de ser vistas como legendarias. Y ese interés en las personas comunes se descubre en Ryszard Kapuściński, que fue un gran periodista y, como todos los grandes del oficio, también era historiador de su presente. Tal vez por ello, Heródoto fuese uno de sus referentes. E igual que el griego, más de dos mil años después, también intentase explicarse y explicarnos su mundo, el cual evidentemente difiere del Antiguo, aunque, en lo básico, no dejan de ser el mismo. El qué nos mueve, el qué nos ata. Parte del siglo XX, que es el tiempo que recorre el autor de Ébano, puede descubrirse en sus libros de un modo ameno, sin cursilerías ni pedantería, directo, fluido, reflexivo y con una idea central que nunca traiciona: el ser humano en el (tercer) mundo, sometido a las circunstancias que le dan forma.
En El Imperio (1993), ese entorno que condiciona, que somete y también atrapa, es la Unión Soviética a la que el autor se acerca en las tres partes en las que divide su libro. Tres partes que podrían ser tomadas como un prólogo, un logo y un epílogo abierto, pues quién puede cerrar una historia que continúa, que nunca se corta aunque tengamos la sensación de que se produce por etapas porque así la muestran los libros. Nada hay ahora que no nazca antes, ni nada vendrá después que no se esté gestando ahora. De manera que tampoco el Imperio escapa a esa doble circunstancia. Hablo de introducción y conclusión, y de tronco narrativo, porque el autor dedica la primera parte de su libro a los primeros encuentros con la Unión Soviética y la última a los primeros con sus ruinas. Entremedias, desarrolla el núcleo, que abarca sus viajes por suelo soviético en la época de la glásnost, en concreto entre 1989 y 1991, cuando el fin del imperialismo de los herederos de Lenin es una de las realidades que se respiran allí donde el reportero polaco aterriza, observa, descubre y contacta con las personas que van asomando por las páginas.
Kapuściński tuvo su primer encuentro con el Imperio en 1939, cuando, como parte del acuerdo Ribbentrop-Molotov, las tropas soviéticas invadieron el este de Polonia una semana después de que los alemanes hiciesen lo propio por el oeste. Entonces, el periodista era un niño de siete años que vio como su padre desaparecía para sobrevivir a la violencia del invasor, que, aparte de su brutalidad, trajo consigo las deportaciones masivas a Siberia. Esta región de Rusia es, años después, ya en 1959, el lugar de su segundo encuentro, cuando la recorre en tren y observa el inabarcable manto blanco que no genera la sensación de libertad, sino la de estar atrapado en la inmensidad.
La primera parte del libro descubre un panorama distinto, heterogéneo dentro de la homogeneidad a la que aspiraba el régimen. Kapuściński descubre las repúblicas del sur, desde Georgia a Uzbekistán. Las recorre y admira sus culturas propias, las identidades que ni los zares ni los líderes soviéticos lograron erradicar. Y no lograron eliminarlas porque la cultura son las personas, las que la forman, viven y evolucionan. Solo ellas son capaces de hacerlas desparecer cuando reniegan de ellas y abrazan otras. En la Unión Soviética, al igual que en otros puntos del globo terráqueo, las pequeñas culturas sobrevivieron entre las grandes que pretendían imponerse a la fuerza o por seducción, según el lugar donde se produjese el intento de asimilación.
El polaco quiere dejar constancia, pero no por afán protagonista, sino por curiosidad y por un humanismo que le lleva al camino, también por un afán aventurero o, dicho de otro modo, la llamada de la frontera. Kapuściński la cruzó, no solo una, sino cien. Y no solo físicas, sino íntimas para acercarse a sí mismo y a los otros. Y estos son los protagonistas de las dos partes siguientes de El Imperio, que abandonan la voz personal para ser polifónicas. Ahora, como también hacen en la obra de Svletana Alexiévich, esos personajes anónimos cobran voz para explicar sus experiencias imperiales, aunque, en Kapuściński, dichas voces se funden con la del escritor, cuyo tono literario y humano reflexiona sobre la caída de uno de los leviatanes del siglo XX y sobre ellos mismos.
Ryszard Kapuściński: El Imperio (traducción de Agata Orzeszek). Editorial Anagrama (Compactos), Barcelona, 2007.

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