Los adioses pueden ser por un instante o para siempre, pero en ambos casos cabe la posibilidad de que permanezca el recuerdo del despedido, aunque sea efímero; todos los recuerdos lo son, aunque algunos se prolongan fuera del individuo y alcanzan un grado mayor. Entran en la leyenda o en la Historia. Por ello, con el adiós a Francisco Ibáñez, no creo despedirme, pues sé que no se va su idea o la que nos hemos hecho a partir de sus creaciones. Ahí queda su recuerdo, en su obra, en la memoria colectiva, en cualquier complicidad infantil, juvenil y adulta que haya disfrutado sus viñetas. No hay tragedia; hay drama, dolor, pérdida, sensación de orfandad para los vivos; hay muerte, el final absoluto para quien muere. Más trágico hubiera sido la inexistencia conociendo la existencia, algo así como le sucede a George Bailey, aunque igual para algunos pensadores el no haber nacido sería una fortuna (palabrería de quien ha vivido, pues la existencia incapacita para valorar con objetividad su op...