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Rapto (2023)



Pocos cineastas pueden presumir de una carrera tan longeva como la de Marco Bellocchio, cuyo debut en la dirección data de la década de 1960. Su primera película fue el cortometraje La colpa el la pena (1961); y su primer largometraje, Las manos en los bolsillos (I pugni in tasca, 1965), en la que se acerca a la sociedad de la época mediante un joven que decide liberar a su hermano de resto de la familia. Desde entonces hasta la miniserie Portobello (2025), han transcurrido sesenta años, tiempo suficiente para que en el mundo se sucedieran más guerras, hambrunas, pandemias, secuestros, accidentes y abusos de poder, entre otros crímenes, hechos e historias humanas que se dan en cada presente. El traidor (Il traditore, 2019), el documental Marx puó aspettare (2021), la serie televisiva Exterior noche (Esterno notte, 2022) y El rapto (Rapito, 2023), confirman que, superados los ochenta años, Bellocchio continúa gozando de una plenitud intelectual y creativa envidiable y combativa, pues este cineasta octogenario, nacido en Emilia-Romagna en 1939, nunca ha dejado de mirar su época e insiste (bien que hace) en desvelar hechos pasados (y actuales) y representarlos en la pantalla para hablarnos del ayer y del hoy, puesto que los claroscuros humanos y los abusos de poder no caducan. Los primeros los llevamos dentro, y los segundos son inherentes a la codicia humana (no la hay de otro tipo, ni animal, ni vegetal, ni protoctista, ni…), que domina allí donde cualquier individuo, grupo o Estado codiciosos impongan su “ley”. Volviendo a Bellocchio, pocos aficionados al cine discutirán que se trata de uno de los grandes cineastas italianos que empiezan a ser reconocidos o que debutan en la dirección de largometrajes en la década de 1960, entre ellos Francesco Rosi, Ermano Olmi, Elio Petri, Ettore Scola, Pier Paolo Pasolini…


La historia que Bellocchio narra en este film, ambientado en varios momentos del siglo XIX, <<comienza en marzo de 1852 en Bolonia, hogar de la familia Mortara. Edgardo, el sexto hijo, tenía solo seis meses. En esa época, Bolonia pertenecía a los Estados Pontificios y Pío IX era el papa soberano>>; es decir, el rey absolutista de la Iglesia Católica. La trama se traslada seis años después del nacimiento del niño, cuando Edgardo, bautizado sin consentimiento ni conocimiento de sus padres, es separo de su familia y llevado al seno de la Iglesia. El Estado rapta al niño judío, aunque no es un caso aislado, más tampoco puede decirse exclusivo de la Iglesia Católica, puesto que en las dictaduras o en las democracias, un ejemplo fue la australiana que, entre 1910 y 1970, mantuvo una política de asimilación en la que se realizaron actos similares, incluso a gran escala. Hubo más casos de democracias (la estadounidense, la canadiense, la neozelandesa) que apostaban por erradicar la cultura aborigen mediante una política de asimilación que permitía separar a los niños de sus padres (de su idioma, de sus raíces, de su costumbres) y se les imponían los usos de la “civilización” dominante…


Bellocchio muestra al niño en diferentes etapas: miedo, dolor, aceptación, asimilación… Finalmente, Edgardo se adapta a la perfección; la capacidad infantil para adaptarse no nace de la resignación, de la sumisión o de la desidia, sino del proceso de adoctrinamiento (ya aceptado y asimilado por el adulto). Por otra parte, resulta más sencillo adoctrinar a alguien desde la infancia que a cualquiera cuya mente y pensamiento se esté formando de continuo, asumiendo una actitud crítica con su entorno y consigo mismo. ¿Quién podría adoctrinar a Giordano Bruno, a Spinoza o a Nietzsche? La Iglesia de El Rapto presume de ser <<madre misericordiosa>>, pero resulta patriarcal y absolutista. Centra el poder en torno a la figura papal —no hay una “mamal”, derivación inexistente del “mámmē” griego, que sería lo lógico si hubiese existido alguna Suma Pontífice aceptada por la Historia y la Iglesia— y asume la imposición de dogmas para crear mentes no pensantes, adormecidas. En cualquier caso, la aberración no es tanto que tenga el poder de hacerlo —el poder siempre impone, nunca está dispuesto al diálogo ni a aceptar iguales—, como la complicidad y el consentimiento de hacerlo, que se ausente como algo que se acepta ya sea por intereses o por adoctrinamiento. Aparte de que fueron creadas por los humanos —y por ello ya merecen la sospecha, el dudarlas—, las religiones, las ideologías, las distintas políticas, deberían ser expuestas por quienes las expresan, no impuestas, para su comprensión y crítica, para su aceptación o rechazo… Mas en nada de ello hay posibilidad de elegir, no hay libertad, solo imposición.


<<Su hijo es cristiano para la eternidad>>, dice el religioso a quien el padre acude para pedirle que le devuelvan al niño. Pero ¿quién ha consentido? ¿El bebé? ¿Su madre? ¿Su padre? ¿Alguien que pasaba por allí o una sirvienta adoctrinada en la ignorancia y el miedo? ¿No sería decisión del interesado el decidir si quiere ser cristiano, en cualquiera de sus múltiples variantes, budista, judío, musulmán, agnóstico o ateo? Toda imposición es un abuso de poder hacia quien se le impone, ya sea mediante leyes o por la fuerza; uno, quien recibe el peso de las decisiones e imposiciones ajenas, se ve superado e imposibilitado; en El rapto dicha imposibilidad se ceba con la familia Mortara, que lucha inútilmente por recuperar a Edgardo, bautizado por una sirvienta que temía que el niño muriese fuera del seno de la Iglesia y, como consecuencia, fuese condenado al limbo, aquella sala de espera que la propia Iglesia confirma oficialmente su inexistencia en 2007…

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