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El jurado (2003)

¿Pueden doce personas sin el menor conocimiento de las leyes juzgar a otras? Seguro. Lo dudoso es si su juicio resultará o no justo, e incluso si será ético, sobre todo si uno sospecha que se trata de un (auto)engaño el dar por hecho que doce personas harán justicia, cuando, en realidad, lo único que hacen es emitir un veredicto que sirve para que el juez dictamine la sentencia que, castigue o absuelva, siempre presume que la Ley y el sistema son democráticos, imparciales y justos. ¿Lo son? Para responder, habría que juzgarlos y nadie lo ha hecho en un tribunal donde doce dictaminasen su culpabilidad o su inocencia. En todo caso, ese sistema, que dice reconocer y defender la libertad de los individuos que lo forman, no pregunta a ninguno de los seleccionados si quieren o no formar parte de un juicio en el que tendrán que dictaminar la culpabilidad o la inocencia no de alguien, o de algo, sino de lo que se les dice en la sala. ¿Por qué obligarles a participar en algo que les supera, que...

Zweig y la inconstancia de la Historia

La inconstancia de la historia Por Antonio Pardines   La popularidad de Stefan Zweig sigue intacta, en parte porque su obra todavía resulta una lectura accesible para un amplio sector del público lector actual, pero también por su innegable capacidad para emocionarse cuando habla de quienes admira, por ejemplo Erasmo, Montaigne, Shakespeare, Goethe, Balzac, Dickens, Dostoievski o Tolstói, y emocionar con una escritura cercana que nos aproxima a estos y a otros personajes históricos, a sus obras y a situaciones de las que fueron protagonistas. Lo hace sin pretender una clase magistral, aunque siendo buen maestro y, como tal, muestra sin intención de rigidez ni de imponerse. Ahí reside parte de su modernidad, en su estilo fluido y en su mirada emocionada a ese pasado que lleva a sus páginas. Lo hace con un lenguaje cuidado, elegante, vivo, como sorprendido, admirado, emocionado, pero nunca impositivo ni relamido. Zweig no es un escritor pedante, ni aburrido, tampoco un tipo que sient...

El cliente (1994)

El ámbito legal que asoma en las películas basadas en novelas de John Grisham se encuentra repleto de zonas oscuras, de turbiedad, de sombras, sin cabida para la justicia y la verdad que solo triunfan gracias a sus héroes y heroínas. Allí, en esa opacidad, se impone la manipulación y la mentira, el dinero, los intereses ocultos… Forman parte del paisaje que Grisham emplea en sus superventas , que toman como excusa la abogacía o los tribunales para introducir héroes y heroínas, intrigas sin excesivo trasfondo y cuentos infantiles como este en el que Mark (Brad Renfro), un niño de once años, inicialmente asustado y enfadado, siempre inteligente y marginal, es el héroe de una función en la que Reggie Love (Susan Sarandon), dama andante, ex alcohólica, generosa y de recursos, le ayuda desinteresadamente en su lucha contra los gigantes que lo amenazan tras ser testigo del suicidio de un abogado de la mafia. En el cine basado en las novelas de Grisham se enfrentan David y Goliat —Tom Cruise ...

Ozu: gramática vs sensibilidad

  Nunca he hecho demasiado caso a las teorías, aunque creo conveniente conocerlas, menos aún si se trata de arte, porque, de teorizarse el hacer artístico o el cómo hacerlo, el arte corre el riesgo de perder su esencia artística. Claro que todo arte tiene un lenguaje, reglas y códigos, técnicas, pero de nada sirven al artista si no rompe con ellos, si no trasgrede la teoría en busca de su propia expresión y expresividad. Podría ponerme pesado y ser pedante —no dudo que en ocasiones haya sido ambos— y hablar de una gramática del cine o mismamente de la novela, pero eso solo obedecería a creerme que así quedaría por encima o que estaría diciendo algo de peso; tal que “ahí queda eso, a ver cómo lo rebaten”. Lo cierto es que si decirlo me parece estúpido, rebatirlo también, sobre todo si uno piensa que, como cualquier medio expresivo que se ha querido ver como arte, el cine tiene sus teorías, ciertas reglas (a seguir o transgredir, según se decida) y un lenguaje que permite su expresió...

Prisioneros (2013)

Antes de deshumanizar su cine en el díptico Dune, Denis Villeneuve se preocupaba del ser humano, de sus conflictos internos y con el entorno; de sus emociones, relaciones y trastornos, de la fragilidad de la vida y de tantas otras cuestiones que nos hacen humanos y nos abren los ojos a nuestra vulnerabilidad; situándonos en el centro mismo de ella. Son cuestiones de las que quizás seres de otros planetas no hayan oído hablar o tal vez sí, y sepan de qué les estaríamos hablando en una hipotética charla que mantuviésemos una vez establecida la comunicación ya más evolucionada e íntima que lograda por Amy Adams en la espléndida La llegada (Arrival, 2016). ¿Lo sabrían en Arrakis, entre tantas notas musicales de fondo para sonorizar vacío, para condicionar y guiar las emociones de quienes visitan el planeta Duna? Es probable que algún observador de aquel lugar desértico piense diferente, lo cual me parece enriquecedor, pero creo que hay modelos cinematográficos que nos definen mejor que los...

Hellboy (2004)

Hace un par de semanas acudí a una exposición que estrechaba lazos entre Goya y Hellboy, el personaje creado por Mike Mignola, a través de la idea y los dibujos de Stéphane Levallois, que pretendía una reflexión sobre la obra del pintor aragonés a partir de Hellboy —¿o sería al revés?—. Y es que —me dije— cualquiera puede encontrar un parecido más o menos razonable con algo ya existente, siempre que insista en ello y que sus oyentes (o su público) no sepan muy bien de qué les habla. La cuestión es que asientan desde el inicio, que se muestren convencidos porque así se lo han dicho, el resto ya es darlo por hecho. No me estoy refiriendo a este caso concreto; hablo en general y, además, no voy a negar que la exposición me gustó; no por la asociación, sino por algunos dibujos y la invitación a imaginar esos lazos establecidos por el dibujante francés y la posibilidad de rechazarlos o aceptarlos después de reflexionarlos; o, al menos, de dedicar un pensamiento a lo visto y establecido. Si ...

Tatsuya Nakadai: tal es la condición humana

  Hace tres días falleció uno de los actores con mejor currículum que uno pueda desear, tenía 92 años —a un mes de cumplir los 93— y llevaba cinco años lejos de las cámaras. Pero eso es normal, tal es la condición humana, no se puede vivir ni actuar para siempre, aunque ahí quedarán sus actuaciones mientras existan sus películas. Lo curioso del asunto es el olvido de tantos actores y actrices que no sean hollywoodienses por parte de quienes suelen presumir de amantes del cine; será del hecho en Hollywood; y aún así, de una mínima parte. El olvido es el destino de todo lo vivo, mas no debe preocuparnos, pues sencillamente es así y nada podrá evitarlo. El tiempo se encargará de borrarnos, a unos antes y a otros después. Este último, resulta el caso de algunos personajes que salieron del anonimato, no me refiero a famosetes y notas, sino a quienes aportaron algo más que estupidez. Luego también hay otros que se recuerdan por sus desmanes, los que llevaron al mundo un poco más cerca de...