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Famelicão (1940)

Por momentos, Famalicão (1940) parece una comedia y otros una coreografía musical y visual que muestra los distintos lugares de la población que le da título, donde, como en tantas otras, se combina el pasado con el presente, la tradición con la modernidad. Este ameno cortometraje documental sobre Vilanova Nova de Famalicão, municipio del norte de Portugal, en el distrito de Braga, fue realizado por Manoel de Oliveira, que apostó por la vitalidad y el desenfado como parte de su “recorrido turístico” por la ciudad. Lo apunta su inicio en la gasolinera donde solo se detienen dos coches de paso, de los cuales se apean los ocupantes que dan pie a que las imágenes inicien el recorrido turístico por un espacio que apunta el cambio a la modernidad (automovilística) que todavía no se ha impuesto. Veinte minutos después, en esa misma gasolinera, los autos arrancan y abandonan el lugar, pero no antes de que la visita nos hayan mostrado, guiado por la voz de un narrador, cuyo tono no desentona con la felicidad que parece manar del ritmo del montaje audiovisual, las imágenes de la casa de Camilo Castelo Branco, admirado y querido escritor que allí vivió en distintos periodos del siglo XIX, convertida en un lugar de visita (casi) obligatoria para quienes se acerquen a la ciudad; también la industria local, la feria o mercado famalicense, que la voz apunta como la más importante del norte portugués, y la vid, la planta más típica del lugar. Todo es alegría, por lo que sospecho que, como reclamo turístico, la película debió funcionar; y todavía hoy funciona, aunque la localidad haya cambiado desde entonces. Aunque ya para cualquier visitante de entonces, no sería igual lo visto en la pantalla y en la realidad, pues los lugares cinematográficos difieren de los reales que la cámara filma. Pueden gustar más o menos, ser los mismos, pero, aunque lo sean, jamás son los de la pantalla. No es ningún secreto que la diferencia entre cine y realidad es insalvable, fruto de la naturaleza de ambas.




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