Ir al contenido principal

Caravana de Oregón (1923)


El rótulo que inicia Caravana de Oregón (Covered Wagon, 1923) dice mucho más que <<La sangre de los EEUU es la sangre de los pioneros... la sangre de hombres y mujeres sin miedo y que llevaron la civilización a las regiones salvajes>>, dice o da por supuesto que solo existe una civilización y donde no la había la llevaron para que dejase de ser salvaje o bárbara. Un segundo inserto prosigue la explicación: <<Con indómito coraje enfrentando peligros de todo tipo, hombres y mujeres empujaron los límites hacia el oeste, más allá del río Mississippi, las praderas, las montañas hasta el océano>>. Habría que preguntar qué tipo de hombres y mujeres y qué les impulsaba. ¿Codicia? ¿Necesidad? ¿Esperanza? ¿Afán de aventura o que eran desheredados en los espacios "civilizados"? Posiblemente, la respuesta se encuentra en la combinación de muchas, pero lo cierto es que James Cruze no pretendió entrar en detalles, como tampoco lo hicieron David Wark Griffith en América (1924) o John Ford en El caballo de hierro (The Iron Horse, 1924) o, a inicios del sonoro, Raoul Walsh en La gran jornada (The Big Trail, 1930). En ausencia de una historia antigua a la que acudir, para realizar un tipo de cine épico histórico, folclórico y nacional, los cineastas estadounidenses se “inventaron” el western, de modo que podría decirse que más que un western, Caravana de Oregón es épica histórica, genuina de Hollywood, fragmento de un tiempo preterito, pero no demasiado lejano —tres cuartos de siglo separan el tránsito de la caravana del momento del rodaje—, que podríamos considerar como la época de los pioneros, la de un pais que en 1848, año en el que se desarrolla el film, todavía no estaba configurado ni establecidas sus fronteras actuales, siempre alargándose un paso más hacia el oeste, norte y sur (al este no, que caerían en el Atlántico), ensanchando con sangre y paso firme, veloz y expeditivo el horizonte de los colonos blancos y estrechando la tierra de los nativos.


La épica asumida por Cruze para dar forma a Caravana de Oregón es de las grandes muestras silentes que exponen los orígenes de la nación norteamericana; el cineasta lo hace desde la perspectiva de los colonos, colonas y arados —herramientas de las que, no sin razón, los nativos sospechan que anuncian el final de los búfalos, de las grandes praderas y de los bosques— que recorren el país desde Westport (hoy Kansas City) hasta el territorio de Oregón, en el noroeste del actual Estados Unidos, pasando por numerosas trabas, desde ríos hasta nevadas, e incluyendo un ataque indio del que serán salvados por Will Banion (J. Warren Karrigan), el héroe, y sus hombres después de que un niño logre cruzar el cerco y busque auxilio. Un año después, Griffith mostraría su visión de la Independencia en América y en El caballo de hierro, Ford añadiría otra pieza imprescindible en la reconstrucción histórica vista desde Hollywood y en la construcción de una mitología propia estadounidense, pero centrándose en el ferrocarril. Los citados no fueron los únicos cineastas que se decantaron por llevar a la pantalla momentos y acontecimientos que, pongamos, abarcan desde la arribada, en 1620, del Mayflower a la costa atlántica norteamericana hasta 1898, en el que Estados Unidos se reconocía como un país con derecho a la expansión imperialista, al anexionar Hawaii e intervenir en Cuba y Filipinas, expansión que en realidad llevaba haciendo desde su nacimiento. Pero, al contrario que Griffith, que echa mano de la figura de George Washington entre otros nombres de la Historia, tanto el film de Cruze como el de Ford se centran en pequeñas historias, la de los anónimos que hacen posible la que después pasa desapercibida en los libros y lo hacen cabalgando por espacios libres, transitando llanuras y superando ríos, nevadas o la fiebre del oro; e incluyendo el romance, aliciente para atraer al público, y el enfrentamiento entre el protagonista y el antagonista (Alan Hale) o, simplificando, entre el héroe y el villano.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...