No me cuesta pensar que la desorientación, el miedo y la locura que se apoderan de la joven tripulación del tanque de Líbano (Lebannon, 2009) sea el reflejo de la sentida por Samuel Maoz cuando, a los veinte años, vivió en primera persona el conflicto bélico que narra en su película. Formaba parte de la tripulación de un tanque similar al del film y sentiría una sensación de pesadilla no muy distinta a la que quiere transmitir a lo largo de la película. No es una pesadilla onírica que alguien reviva una y otra vez en su tiempo presente, tal como sucede en Vals con Bashir (Walz with Bashir, Ari Folman, 2008), cuyo protagonista ya no puede seguir escondiéndose de sí mismo y acepta que ese sueño recurrente es su regreso al pasado, para recordar aquel tiempo bélico que ha intentado enterrar y que se empeña en regresar para que él pueda cerrar la herida que nunca ha llegado a cicatrizar. Tanto Forlan como Maoz son conscientes de que en la guerra no hay medias tintas, ni oasis que generen el espejismo de protección y bienestar; incluso quienes no participan, la población civil que se observa en momentos puntuales de Líbano, no puede escapar de su radio de terror. Todos están atrapados, solo que unos no lo creen y otros ni se lo plantean hasta que cae el velo y la irracionalidad es el panorama externo e interno. Desde el primer día de la invasión israelí del Líbano, que es el tiempo fílmico escogido por el cineasta israelí, esa sensación entre física y mental cobra protagonismo, viaja con ellos. La impresión de estar perdido manda en los tanquistas. Carecen de respuestas para cualquier pregunta, es como si los situasen allí y les obligasen a vivir una pesadilla tan real como la que el director y guionista quiere transmitirnos. No por hacernos sufrir o por asustarnos, sino para desverlanos el horror. El fuera dentro propuesto por Samuel Maoz en Líbano nos sitúa en el interior del vehículo. Nos atraparnos dentro de ese rinoceronte de acero en descomposición que remite a la propia existencia de los soldados en el sinsentido de la guerra. De ese modo, el conflicto de los tanquistas ya no es una representación que nos queda lejos, sino la sensación de compartir con ellos la incomodidad, la confusión y la imposibilidad de escape. Esa decisión de Maoz obedece a que quiere que nos sintamos parte, pues no pretende darnos un bélico espectáculo, cual Spielberg en Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), ni un videojuego en el que superar obstáculos, tal que hará Sam Mendes en 1917 (2019). Maoz reduce las distancias respecto al interior y el exterior porque se posiciona y nos obliga a que hagamos lo propio. Esa obligación no es una elección, es una situación de la que nadie huye, aunque inicialmente el encierro dentro parece alejado del que existe en el exterior, pero solo es una distancia imaginaria, ya que no hay distancia en la guerra que separe al individuo del conflicto. Así, jugando con esos dos espacios separados por el metal, pero unidos por las constantes visitas de “cenicienta” y de otros elementos del mundo externo, se potencia la sensación de desorientación y caos, de salvajismo e irracionalidad de la que los tripulantes (y nosotros mismos) somos testigos. Estamos dentro, no hay elección, tampoco ellos han elegido estar en ese lugar que ya no saben si es Líbano o la cara oculta de la Luna. De manera que la desorientación aumenta, incluso en quien, en apariencia, se encuentra al mando de la misión en la que nos vemos obligados a mirar el interior y el exterior del conflicto bélico y también del humano. La elección de Maoz es valiente, porque se aleja de la comodidad e impide que seamos meros espectadores. Nos abofetea para que salgamos del letargo, para que nos plantemos más que un entretenimiento y saquemos conclusiones que nos señala a todos parte de la pesadilla claustrofóbica de la que parece que la tripulación es incapaz de despertar…

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