lunes, 16 de marzo de 2026

Fragmentos de nada: Hamlet, un mal despertar


La muerte paterna despierta a Hamlet a su propia mortalidad. Entonces deja de ser un niño y se convierte en adulto e inicia su caminar por una existencia en conflicto. Ahora asoman las ideas de finitud, del olvido, de vivir en la pérdida: de la infancia, de la juventud, de los seres queridos, de aquellas cuestiones e impresiones que creía verdades inalterables, incluso de quien creyó ser. Ante él y en él, la pérdida se le destapa sin concesiones; y Hamlet debe aprender a vivir en ella y con ella. Por eso duda; por eso este príncipe que vivió días dichosos en Elsinor —su paraíso infantil y protegido de los claroscuros que se presentan tras el impacto— siente que su mundo se viene abajo. Aquellos días de felicidad y seguridad, en los que idolatraría a la figura paterna sin pensar en <<los turbios delitos que cometió en sus días naturales>>, dan paso a la desprotección y al duelo. Despierta a una realidad desconocida, en la que se desorienta, en la que odia, teme,… y quiere vengarse, ya no por la muerte de su progenitor a manos de su tío, y hermano del finado, con la “complicidad” de su propia madre, que se ha convertido en la esposa del asesino con quien comparte lecho y a quien entrega su cuerpo. Hamlet no puede resistir la idea, tampoco el ver en ellos el reflejo de un mundo de codicia, de deseo, incluso de amor. ¿Cómo puede existir amor en quienes asesinan? Hamlet no lo comprende, aunque el mismo lleva en su interior las dualidades amor-odio, vida-muerte, ser y no ser, memoria y olvido. No, Hamlet no es un cliché, es un personaje vivo, alguien que teme a la muerte que se han presentado en su vida de repente, haciendo tambalear su mundo feliz, descubriéndole las sombras que no solo existen fuera, sino que también anidan dentro. En él se abre una herida que no deja de sangrar. Es su hemorragia existencial, la que hace al personaje de Shakespeare atemporal. Sin esa capacidad para sentir, sin ese despertar a la vida en conflicto, la obra no habría llegado hasta nuestros días o lo habría hecho como una curiosidad del pasado, la de haber sido un éxito del teatro isabelino. Pero Hamlet depara algo más; no por lo que dice, sino por lo que calla, que es lo que depara la continúa (re)interpretación de la obra, la que pueda darle quien se adentre en el texto. Por eso es un clásico y un moderno, porque no habla de una época ni de un lugar físico. Rompe las fronteras espacio-temporales porque habla de universales como el dolor, el conflicto entre el ser y no ser, o el impacto que implica el abrir los ojos a una realidad que comprende hiriente y, a la par, la única posible. Eso enloquece a Hamlet, más que la muerte del padre, cuyo fantasma refleja la propia conciencia, la del personaje que piensa, sospecha y determina que esa parte de sí mismo, la que anidaba en la inocencia, ha dejado de existir. Ahora, ya todo le resulta gris, comprende que hay dolor, comprende que es inherente a su existencia, que ya no será la ingenua de aquel muchacho, sino la de alguien que ha de aceptar ser y no ser hasta entrar definitivamente en el olvido. En parte, la modernidad de Hamlet, su facilidad innata de sobrevivir al paso del tiempo y llegar a nuestros días, reside en que el personaje no es un personaje, es un reflejo de nuestra condición humana…

No hay comentarios:

Publicar un comentario