A diferencia del neorrealismo y del cine político italiano posterior —el practicado con mayor o menor asiduidad por Francesco Rosi, Gillo Pontecorvo, Giuliano Montaldo, Elio Petri, Marco Bellocchio o mismamente Pier Paolo Pasolini—, del nuevo cine polaco, de Andrzej Wajda al primer Krzysztof Kieslowski, pasando por Jerzy Kawalerowicz y Krzysztof Zanussi, o de sus contemporáneos británicos del free cinema —aunque estos no ponían en duda el sistema, solo apuntaban de modo conservador cierto desencanto social—, la nouvelle vague no abordó (o no solía hacerlo) en sus películas problemas políticos ni sociales de su tiempo, como pudo ser la descolonización argelina, la inestabilidad de la zona, los abusos, la insurrección, la respuesta reaccionaria, el terrorismo, el conflicto bélico, eufemísticamente llamado pacificación, y fin del imperio. Quizá esta falta de interés contemporáneo se debiese a que no contaron con escritores del talante combativo de Ugo Pirro, Franco Solinas o Jorge Semprún, que sí colaboró con Alain Resnais —en La guerra ha terminado (La guerre est finie, 1966)—, excepcional cineasta que desde el inicio de su carrera, en sus cortometrajes documentales, mostró compromiso con la memoria histórica, o con Costa-Gavras, quien también trabajó junto Solinas; o sencillamente porque lo suyo no era la política, aunque años después, Godard quisiera evidenciar lo contrario a partir de Pierrot el loco (Pierrot le fou, 1965) y sus trabajos en el grupo Vertov. Pero en 1960, con el conflicto argelino en su apogeo, el cine de la nouvelle vague se miraba a sí mismo buscando el asentamiento definitivo de sus miembros en el panorama cinematográfico. Y lo consiguieron de manera sobrada.
Ambientada en Suiza, se centra en Bruno (Michel Subor), un ex-soldado que recibe la misión de asesinar a un líder argelino; pero, cada vez que lo intenta, existe algún obstáculo que se lo impide. Entremedias se produce su encuentro con Veronica Dreyer (Anna Karina) —nombre que remite a “el verano” de Bergman y a Dreyer— e inevitablemente la cámara del realizador francosuizo siente atracción hacia la actriz, dejando que su interés recaiga en su movimientos, en la voz en off de Bruno y en frases que pretenden pasar por absolutos, pero cuyo absolutismo no supera un primer filtro de puesta en duda. Mientras la fotografía, Bruno le dice: <<cuando se fotografía una cara se fotografía el alma que hay detrás>> <<Y el cine son veinticuatro verdades por segundo>>. ¿Y por qué no 24 mentiras o medias verdades? ¿Y la fotografía? ¿Quien no ha falseado o preparado un instante para hacer pasar por real un momento o una emoción inexistentes? La intención del cineasta apunta alto en estos instantes, asumiendo que verdad y mentira son lo mismo. También apunta su desinterés en profundizar en el estado emocional de sus protagonistas, que solo son estampas; de hecho el interpretado por Anna Karina parece solo existir en el físico que le presta la actriz, lo que genera la sensación de contemplar un maniquí más que un carácter, un cuerpo que está ahí para la fotografía que no refleja el alma que hay detrás del personaje. Si ella parece carecer de existencia, tan inexistente o más resulta el personaje de Michel Subor, por mucho que sufra la tortura de sus captores (de hecho, en ningún momento parece padecerla) o se eternice con un discurso/monólogo memorizado (por el que habla el cineasta). Es un estereotipo cuya rigidez emocional resulta cansina incluso cuando se encuentra en las situaciones que se suponen emocionalmente intensas y tensas. Esto a Godard le resulta indiferente, prefiere profundizar en las formas, apuntar ciertos gustos propios y continuar desarrollando un estilo cinematográfico que a esas alturas empezaba a ser reconocido más allá de la presencia de Karina. Lo era por las formas que ya había experimentado en su primer largometraje: la fotografía de Raoul Coutard, el uso del montaje discontinuo, primeros planos de los personajes, realismo de los escenarios urbanos, caricatura de los protagonistas y la intención “auroral” de trascender el cine tomando del cine para, en ocasiones, crear momentos cinematográficos ya míticos como Banda aparte (Banda àpart, 1964) o Vivir su vida (Vivre sa vie, 1962), aunque no en el caso de El soldadito.

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