La cámara de Howard Hawks mira de frente, permanece cerca de la acción, en una postura que indica la del propio cineasta, una que no rehúye el conflicto al que expone a sus personajes. Lo afronta de forma directa, lo relaciona y acota a un espacio concreto que afecta a los hombres que lo ocupan y a la mujer que llega y rompe el orden, aunque en el San Francisco de La ciudad sin ley ( Barbary Coast , 1935), el orden es el desorden. Hawks introduce la figura femenina, independiente y decidida, pero que desconoce los pormenores del medio donde se instala y al cual se adapta para sobrevivir. La sorpresa inicial que provoca su llegada al puerto de la ciudad, aquejada esta por la fiebre del oro y la codicia de Louis Chamalis ( Edward G. Robinson ), se evidencia en su primer contacto con un oriundo del lugar. El barquero, interpretado con buenas dosis de humor y picaresca por el inolvidable Walter Brennan , repite, como si quisiera dar crédito a la visión que tiene ante sí, <<una muj...