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El prisionero de Zenda (1952)


Igual que 
El prisionero de Zenda (The Prisioner of Zenda, 1937) filmado por John Cromwell en 1937, el film de Richard Thorpe expone, sin apenas variaciones, el romance imposible entre el caballero británico Rudolf Rassendyll (Stewart Granger) y la princesa Flavia de Ruritania (Deborah Kerr), ambos atrapados dentro de un sentido del deber que les impide cualquier posibilidad de elección. El destino es cruel con este héroe ideado por Anthony Hope que antepone su honor a cualquier otra circunstancia, pero también lo es con la mayoría de los personajes, como sucede con el futuro monarca Rudolf V (Stewart Granger), que nunca ha deseado ni la corona ni las responsabilidades que esta conlleva. Este clásico de capa y espada incide en las frustraciones nacidas del enfrentamiento entre deber y querer, pues una cosa sería la intención y otra bien distinta la realidad, cuestión que Rassendyll empieza a descubrir a partir de su encuentro fortuito con el coronel Zapt (Louis Calhern) y su posterior presentación ante el futuro rey, a quien descubre como un gran bebedor poco interesado en todo cuanto concierne a su coronación del día siguiente. Ante el envenenamiento del príncipe, Rudolf el inglés se ve en la obligación de participar en el peligroso juego de hacerse pasar por el monarca, a quien le une un parecido tan asombroso que nadie podría diferenciarlos. Su condición de caballero le obliga a ser Rudolf V de Ruritania durante la ceremonia de coronación, a pesar de que desea recuperar su identidad y ser liberado de sus nuevas e inesperadas funciones, excepto de aquellas que tienen que ver con Flavia. Pero su intención de alejarse de la corte y regresar a su vida cotidiana se ve entorpecida por el secuestro del verdadero monarca, todavía bajo los efectos de los narcóticos. La nueva situación produce una sensación contradictoria en el británico, ya que le obliga a continuar donde no desea estar, pero al mismo tiempo le permite compartir momentos imborrables con la prometida real. Y como mandan los cánones del género la pareja se enamora, hecho que genera gran parte de sus frustraciones, nacidas de un inquebrantable sentido del honor que prevalece sobre cualquier otro aspecto o sentimiento; de ese modo, Rassendyll asume que nunca podrá consumar su relación con Flavia, porque para que esta triunfase tendría que traicionar la confianza que Zapt ha depositado en él. Con un planteamiento casi idéntico al film de Cromwell y distanciado del expuesto por Rex Imgram en la versión muda de 1922, la colorista El prisionero de Zenda (The Prisioner of Zenda) ofrece gran importancia a la historia de amor-frustración que une y separa a dos amantes que viven un instante verdadero nacido de la mentira con la que se pretende contrarrestar la traición del hermanastro del rey (Robert Douglas), sin duda otro de los grandes frustrados del relato, siempre a la sombra de un hermano a quien ve como un inútil que solo presta atención al vino y a la diversión. Pero la historia de amor entre el impostor y la princesa es un imposible que desde su inicio vive de un tiempo prestado que finalizará cuando el prisionero de Zenda sea rescatado por el propio Rassendyll, hecho que confirma que nunca podría ser un impostor para su propio beneficio, cuestión que le opone al antagonista del film: Rupert de Hentzau (James Mason), quien también ama con pasión, pero a sí mismo, liberado de todo tipo de ataduras morales y siempre dispuesto a prescindir de su escasa honorabilidad si con ello consigue su objetivo.

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