Si pretendiese hacerme una idea breve e imprecisa de Galicia, aunque poética, humana e histórica, acudiría al terreno, aunque en mi caso ya lo estoy, o a los numerosos libros que hablan sobre esta hermosa tierra ubicada en el noroeste de la península Ibérica; o, como mínimo, dudaría de algunos comentarios que corren por la redes sociales y acudiría a fuentes más fiables y elaboradas, pues en dichas líneas noto la intención de condicionar apelando a la sensiblería y al mito, pero a uno que se expone al servicio de la finalidad de los autores y no a las leyendas y supersticiones gallegas. Lo que leo, detrás de cada uno de esos textos, es la intención de captar la atención para lograr seguidores y acumular “me gusta”. Pero ¿y que hay de acercar Galicia, su realidad, su historia, sus mitos, sus gentes, tan dispares como en otros lugares, con lazos comunes como pueda ser su propia historia y sus cuentos, los que tantos ya ignoran? Lo que sigue solo es un intento de recorrer, en el menor espacio posible, para mayor amplitud ya tengo un libro, algunos de esos aspectos que suelen confundirse adrede o por ignorancia, como ese que asegura y presume de las raíces celtas de Galicia. En este punto, se olvidan que nunca han sido probadas, solo cantadas y exaltadas a partir del nacionalismo decimonónico propulsado por Faraldo, Rosalía, Aguirre, Murguía y más precursores del Rexurdimento —más adelante, ya en el XX, también por autores como Otero Pedrayo— que encontraría en Curros y Pondal dos puntas de lanza que unirse a la poetisa de Follas Novas, su mejor obra en lengua gallega, y Cantares Gallegos, el título que inicia y reivindica literariamente la identidad gallega moderna...
Geográficamente, Galicia presume de una costa tan variada que hay prácticamente todo tipo de paisaje, desde los acantilados da Capelada (en Cedeira), los más altos de la fachada atlántica europea, a la rasa lucense, que nos hermana con la costa de Asturias, pasando por la desembocadura del Xallas, que cae al mar formando una cascada única en Europa, aunque el auge hidroeléctrico de la década de 1960 quiso impedírselo, por las dunas de Corrubedo que en la niñez nos servían de lugar de juego, por tanto entrante y saliente costero que nos deparan kilómetros y kilómetros de playas que se acumulan fuera y dentro de las rías Baixas, Medias y Altas, siendo la más extensa la de Arousa, en la provincia de Pontevedra. En esta ría desemboca el Ulla y por este río, cuenta la tradición xacobea, los discípulos de Santiago trajeron su cuerpo tierra adentro, tras el viaje marítimo desde Jaiffa, en Palestina, atravesando el Mediterráneo. Fue un recorrido imaginario por un mar que nos queda lejano. El que baña Galicia es el océano Atlántico, pero, al contrario que sucede en el Caribe o en las Canarias, aquí el agua atlántica nos llega fría, aunque no tanto que impida el chapuzón. Tampoco da miedo, aunque, en ocasiones, se haya cobrado vidas y deparado el dolor y el llando de un pueblo costero. Nosotros no lo tememos porque lo conocemos, lo amamos por lo que nos da y no lo odiamos por lo que nos quita. Solo los locos, los inconscientes o los suicidas lo desafiarían cuando ruge en la costa de mar abierto. El de la rías es de aguas tranquilas. En todo caso, dentro o fuera, fluye la vida marina y humana, a pesar de los excesos que a veces cometemos con nuestros tesoros naturales, que, en realidad, no son nuestros, pues, por edad y espacio, porque ya estaban antes y estarán después, somos nosotros quienes le pertenecemos. En un plano más personal, el trozo de costa más cercano, aquel con el que más me identifico, se extienden entre los cabos Fisterra y Roncudo, ampliando su superficie al norte hasta Malpica de Bergantiños y hacia el sur hasta Carnota. A esa franja costera la llamamos “Costa da Morte”, pero su nombre ya no significa muerte, sino que se ha convertido en una especie de orgullo vital de los distintos lugares y gentes que la conforman…
Gallegas y gallegos somos igual de fiesteros que en cualquier lugar, o eso imagino, solo que celebramos nuestras fiestas de modo distinto al diferente de otros lares. Aunque sospecho que eso era antes; ahora todo tiende a homogeneizarse. Entonces, ¿hemos perdido parte de nuestra tradición o nos la han evolucionado? Supongo que todo cambia y que todo se olvida y que lo nuevo llega para sustituir lo de ayer, incluso sin que algunos, sobre todo las nuevas generaciones, sepan que algo haya cambiado. Esto ni es triste ni alegre, solo forma parte de ese devenir histórico no escrito. Mas si lo pienso, quizá en el fondo no haya cambiado tanto, pues todo gira alrededor de la vida y de la muerte: la una se celebra con romerías, fiestas y cotidianidad, y la otra se asume malamente con entierros, dolor y llanto.
Nuestra historia está plagada de distintos estratos, fruto del contacto de las diferentes civilizaciones y pueblos que nos visitaron y se quedaron; desde los prerromanos, como los castrexos, hasta los germanos, los suevos fundaron aquí su reino, con capital en Braga; entremedias el amplio dominio de los romanos. En la Alta Edad Media, Galicia se abre al Camino que recorre por el norte, de este a oeste, la península Ibérica, desde los Pirineos (y allende) hasta la tumba que Teodomiro, el obispo de Iria Flavia (si no me equivoco, la única sede episcopal en territorio cristiano, cuando se halla la tumba en Compostela, el resto, Mérida, Ossonoba, Toledo,… se encontraban en zona andalusí), la poderosa orden monacal francesa de Cluny y el monarca astur Alfonso II, el Casto, quisieron apostólica en Santiago de Compostela.
Galicia nunca fue castellana, ya era antes de que naciera Castilla, aunque sus reyes y reinas quisieron dominarla y la anexionaron a su reino; claro que, debido a la terquedad de nuestro silencio, no pudieron hacer más que olvidarla, o tal vez asfixiarla o arrinconarla, en los siglos que llamamos Oscuros y en otros que se suponen más claros. Antes de formarse la España actual, el topónimo tenía un significado de diversidad de pueblos y reinos, cristianos y musulmanes, mozárabes y mudéjares, el de Galicia fue reino, con capital en Santiago, en cuya catedral el Arzobispo Gelmírez coronó al niño Alfonso Raimúndez rey gallego, posteriormente el joven monarca preferiría lucir la corona de León con el nombre de Alfonso VII.
Cuando se habla de que los pueblos celtas dejaron los castros circulares se cae en un error común, puede que fruto de la pasión celtista o de un celtismo que oscurece la figura de los castrexos, que fueron sus constructores y no los celtas, que tampoco aportaron ni ritos ni gaitas, que aquí suenan distintas a las que soplan en Escocía o en Irlanda. No hace tanto, en Galicia las supersticiones y la realidad se fundían para crear leyendas, cuentos, lubisomes, sacaúntos, meigas, santa compaña, trasnos, bruxas, mouros e mouras. Pero, entre el mito y la realidad, mucho antes se formó una identidad que encuentra una de sus piedras angulares en el idioma gallego, una lengua que asoma por el siglo XI y que, debido a la independencia del condado portugués, dará origen al gallego y al portugués actuales; por lo que se puede decir que el galaico-portugués sería la madre de ambos idiomas. Digo madre porque en Portugal, antes de ser reino (el que abarcaba su zona norte, puesto que el resto era territorio musulmán) y también tiempo después de la coronación de Afonso Henriques, se hablaba este idioma que derivó del latín, el mismo se hablaba en Galicia, que ya había sido reino independiente con García (incluso con anterioridad a este), eran en el siglo XI los dos condados en los que Alfonso VI dividió la antigua Gallaecia romana. Galicia se la entregó a Urraca y Portugal a Teresa, la hija ilegítima que casó con Enrique de Borgoña, el primo de Raimundo, a quien el VI enlazaría con la legítima. Entre tanto enlace, Teresa y Enrique debían vasallaje al condado gobernado por Urraca y Raimundo de Borgoña; aparte, la Iglesia Bracarense se sentía en un plano de inferioridad respecto a la Compostelana, que le había quitado protagonismo (y también cierto número de reliquias que, posteriormente, les serían devueltas), y las rivalidades no tardaron en actuar y definir el futuro, ya pasado, ya historia…
El galaicoportugués fue idioma de los trovadores medievales peninsulares, también el escogido por Alfonso X el Sabio para su poesía. En la Edad Media brillaron los Meendiño, Airas Nunes o Martín Códax, era tempo de cancioneiros, de cantigas de amor, de amigo, de escarnio e maldicir. Luego, con la subida al poder de los Trastámara, casa-título que nace en Galicia, “tras del Trambre”, el idioma fue silenciado durante lo que dimos en llamar Séculos Escuros. Si el idioma sobrevivió, recuerda Castelao, fue gracias a las personas, al pueblo, a las gentes de los campos y de los pueblos costeros como su Rianxo natal. La misma Rosalía lo aprendería en la parroquia de Ortoño, de niña, donde pasaría varios años antes de regresar a Santiago junto a su madre. Hoy, espero que por mucho tiempo, el gallego se escucha en (en igualdad de condiciones al castellano) las rúas y plazas de ciudades y pueblos, en las aldeas, en las voces de niños y de mayores… y también asoma en literatura, cine y televisión.
Galicia mezcla paisaje de costa y de interior, marítimo y rural, es de geografía de sube y bajas mareante, de montes, valles, depresiones como la de Ourense, de límites naturales como Os Ancares e O Caurel, regada por numerosos ríos, siendo el de mayor kilometraje el Miño, que se lleva la fama, mientras el dicho continúa y dice que el Sil, que nace en la provincia de León, lleva el agua. Hasta hace apenas setenta años, como mucho, en Galicia la tierra y el mar eran los medios de vida, había minufundio, caciquismo, conserveras, una industria cuyo origen se remonta al XIX y a emprendedores catalanes, bosques —algunos equivocadamente repoblados con eucaliptos, especie de veloz crecimiento y de no menor velocidad de combustión—, montes, más ríos, rápidos y pequeños, perfectos para los saltos de agua, aislamiento, olvido, marginalidad a la que fue condenada por el centralismo, emigración, más realidades y las mismas leyendas, aunque adaptándose a los nuevos tiempos y a los nuevos cuentistas, entre ellos dos imprescindibles: Rafael Dieste y Álvaro Cunqueiro. El primero fue uno de los cientos de miles que cruzaron el Atlántico, pues les quedaba más a mano que el Pacífico o el Índico, para llegar a América. Algunos, la mayoría, tuvieron que partir obligados por las necesidades económicas, otros, supongo que los menos, por afán de aventura, y no pocos para huir de las represalias de la dictadura franquista que se imponía tras la guerra civil (1936-1939). Dieste fue de estos últimos, también Castelao, dos rianxeiros que llegaron a Buenos Aires, una ciudad a menudo ambigua con los gallegos, pues si bien los acogió, nunca reconoció la importancia que estos tuvieron en su desarrollo; más bien, los gallegos se convirtieron en centro de burlas, siendo muchos de los burladores descendientes de los burlados. Pero los destinos de la emigración fueron de lo más diverso, pues no solo Argentina le abrió sus puertas, también lo hicieron Venezuela, México o Cuba. Más adelante llegaría la migración a países europeos como Suiza, Reino Unido o Alemania…
Lo escrito arriba solo es un breve e impreciso recorrido por la historia de la tierra que los romanos llamaron Gallaecia, donde descubrieron uno de sus finisterrae, aunque, en realidad, el cabo Fisterra no sea el punto geográfico más occidental de Galicia ni de la península, tal honor recae en el cabo Touriñán; pero la tradición ha permanecido y el fin del mundo, adonde algunos peregrinos se acercan, es Fisterra. Allí, también en Touriñán y en otros cabos atlánticos, como pueda ser el portugués de San Vicente, una puesta de sol bien merece el retrasar el regreso a los hogares…
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