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La viuda del pastor (1920)


El esplendor del cine danés anterior a la Primera Guerra Mundial dio paso al del cine sueco de la segunda mitad de la década de 1910 y los primeros años de la siguiente. Aquella poética visual, sobre todo la de Victor Sjöström, llamó la atención de un primerizo cineasta danés llamado Carl Theodor Dreyer. Poco después, Dreyer asumía para su cine de entonces la combinación de emociones, naturaleza, espacios y personajes marcados por deseos, culpas, hipocresías y redención que había observado en el realizador sueco para dar forma a La viuda del pastor (Prästänkan, 1920), su segundo trabajo tras las cámaras y una película que inicialmente asume apariencia de drama; pero, sin apenas forzarlo, el futuro autor de Vampyr (1931) la transforma en comedia y así aligera la lección moral que recibe el protagonista masculino. Söfren (Einar Röd) es un joven eclesiástico que, concluidos sus estudios religiosos, compite por el puesto vacante de pastor. Además, se ha prometido en matrimonio con Mari (Greta Almroth), pero ella le recuerda que su padre no permitirá que se casen hasta que él no tenga su propia parroquia. Quizá debido a esa exigencia material, el joven haga trampa cuando compite por el puesto vacante de pastor o puede que sencillamente desee dejar atrás la pobreza en la que siempre ha vivido.


Arribista y egoísta, Söfren también es un individuo ingenuo y patético, que al tiempo resulta un tanto repulsivo y digno de compasión. Pero, sobre todo, es un joven que despierta a la vida, a las pasiones terrenales y carnales. Dreyer lo muestra en todo momento carnal, guiado por su búsqueda de placer y satisfacción. Quiere a Mari, imagen de la hermosura, la juventud y el sexo, pero desea más si cabe la opulencia material que espera de su matrimonio con la señora Margarete (Hildur Carlberg), la viuda del anterior párroco. Esas son sus dos metas: el puesto de pastor y la joven a quien desea. A primera vista ambos fines puedan entrar en conflicto: sin parroquia no podrá casarse con Mari, con quien se ha prometido, y si quiere conseguir la parroquia tiene que casarse con la viuda, que ejerce su derecho a contraer matrimonio con el nuevo párroco, para así permanecer en el hogar al que llegó treinta años atrás. Pero no hay conflicto en esta paradoja, pues Söfren lo resuelve en su mezquindad, decidiendo casarse con la anciana y esperar a que esta muera para heredar la rectoría y casarse con Mari. Piensa mezquinamente debido a la pobreza de la que quiere escapar a toda costa, pues queda claro en las escenas en las que se entrevista con la viuda que quiere buenas ropas, buena comidas y bebida. Ese es el embrujo que sufre Söfren, quien asegura a Mari que la anciana lo hechizó con un arenque para conseguir que pidiese matrimonio. Pero el hechizo es querer huir de la pobreza. El aspirante a párroco es capaz de pagar cualquier precio, incluso traicionándose y traicionando a la joven que ama, a la que convence para que espere y se haga pasar por su hermana, lo cual, unido a la buena salud de Margarete, genera la situación tragicómica del triángulo protagonista.



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