Ir al contenido principal

El callejón de las almas perdidas (1947)

Hay un interrogante en Un día en la vida de Iván Denísovich que llamó mi atención por su sencillez y por su significado, pues en la pregunta <<¿Cómo va a comprender un hombre que está abrigado a otro que pasa frío?>> Alexandr Solzhenitsyn ya da la respuesta en la propia cuestión. Es imposible que lo comprenda, no puede, sencillamente porque no ha vivido la experiencia de pasar frío y no existe “empatía” en confortable abrigo que se ponga en la piel, huesos y músculos de quien sufre cautiverio en temperaturas bajo cero. El protagonista de El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, 1947) es un embaucador y un farsante, es ambicioso y arribista, pero no es un monstruo de feria, no todavía, ni puede comprender que alguien llegue a serlo. Ignora cómo, a cambio de una botella de alcohol, un hombre se denigra y acepta ser la monstruosa atracción que al tiempo le repugna y fascina. No puede saberlo porque no ha experimentado el ascenso y la caída que llevan a la transformación que en Pete (Ian Keith), a quien entrega una botella llena de alcohol para sacarle la información que busca, no se completa porque lo impide la presencia y el cariño de Zeena (Joan Blondel). Stan (Tyrone Power), aunque amoral, es tan humano como el resto y su humanidad se encuentra definida por debilidades, esperanzas, credulidad, egoísmo, deseos y un largo etcétera que, con sus variantes, es humanamente común. Pero a él, nada le importan los demás; y si para lograr sus metas se aprovecha de otros individuos, o accidentalmente siembra su camino de víctimas, lo hace sin remordimiento. Solo le preocupa su escalada a la cima del éxito, el resto no le interesa, no le afecta, quizá porque, hasta el amor de Molly (Coleen Gray), nunca se había sentido amado y, por lo tanto, no comprendía qué se siente.



En su manipulación, ni es mejor ni peor que otros hombres o mujeres que le salen al paso. No es peor que Ezra Grindle (Taylor Holmes), el millonario que le pide que materialice el espíritu de la mujer que amó, pero a quien posiblemente (por lo que se desprende de sus palabras) también hiciese sufrir, ni más embaucador que Lilith Ritter (Helen Walker), la psicóloga que le ofrece los secretos de sus clientes para que los engañe y luego ella haga lo propio con él. Tampoco es peor que el dueño del circo que le contrata al final, él mismo empresario que le habla al principio del film o le alaba poco después, cuando embauca a policía que quiere cerrar la atracción. En los momentos iniciales de este oscuro drama, de ascenso a la cumbre y descenso al abismo, dirigido con mano maestra por Edmund Goulding, el charlatán todavía mantiene su ambición intacta y se cree por encima de todos. Ni piensa que algún día pueda transformarse en monstruo de feria. Solo siente curiosidad por la atracción y, cómo la sentirán por él al final —alguien dice <<cómo ha podido caer tan bajo>>—, se pregunta cómo llegó a esa humillación extrema. En ese primer momento, Stan carece de respuesta porque le falta la experiencia; pero, alcanzado el éxito, no tardará en precipitarse al abismo donde encontrará la respuesta que no tiene al inicio, cuando se presenta en pantalla dominado por su ambición, su juventud y su inexperiencia, una combinación que le lleva a sentirse superior —por encima, dice cuando en la feria siente que tiene al público en sus manos— y más listo, creencia que, unida a su orfandad, le incapacita o le impide ser consciente de que tanto el monstruo de feria como Pete son dos posibles reflejos de su futuro.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...