Un repaso relámpago a la historia del Imperio Otomano determina su mayor esplendor en el siglo XVI, bajo el reinado de Solimán II, El Magnífico. Esa fue su cima, prácticamente al inicio. Desde entonces vivió en la decadencia, que fue vertiginosa en el siglo XIX, y se agudizó con la independencia de Grecia en 1830. Poco después, otros territorios, hasta entonces parte de gran Imperio que se extendía por los Balcanes, el norte de África, Asia Menor y parte de la península de Arabia, imitaron a los griegos. La pérdida de poder de un sistema autoritario suele ir acompañada de un aumento proporcional de violencia, como si la brutalidad fuese un medio efectivo para evitar lo inevitable: el fin. Cuanto tiene un principio, por fuerza ha de tener su final y la violencia no puede impedirlo, ni retardarlo; más bien confirma su cercanía y solo deja tras de sí destrucción, crímenes y muertos. El imperio turco se había caracterizado durante siglos por su diversidad étnica y religiosa, debido a situación entre Europa y Asia y, bajo el reinado de Abdul Hamid II, el Sultán Rojo, intentó fortalecer la posición e identidad nacional turca mediante el odio racial y religioso que encontró en el pueblo armenio, cristiano ortodoxo, a su víctima. Aquel momento apenas fue el preludio de lo que vendría después, cuando los Jóvenes Turcos, movimiento ultranacionalista, llegó al poder en 1909. Cinco años después, Turquía se alía con los imperios centroeuropeos y lucha en la Primera Guerra Mundial, y un año después se inicia el genocidio del pueblo armenio, momento histórico en el que arranca la historia de El padre (The Cut, 2014), que se se desarrolla entre 1915 y 1923. El cineasta alemán de origen turco, Fatih Akin inicia la película —cuyo guion escribió junto Mardik Martin, estadounidense de origen armenio— en 1915, cuando se desata la matanza armenia. Se calcula que entre un millón doscientas mil y un millón y medio de armenios y armenias fueron asesinadas por orden o consentimiento del gobierno otomano. Pero Akin, como había hecho Elia Kazan en su América, América, se centra en un particular, que representa al conjunto. El protagonista del film es Nazaret (Tahar Rahim), un herrero armenio a quien separan de su mujer y de sus dos hijas gemelas, de nueve años. Las primeras imágenes nos muestran a una familia corriente, como cualquier otra, pero su destino ha sido sellado por el odio, lejos de la paz de su hogar, en algún lugar donde se decide la política de represión y de crimen, de la que no tardarán en ser víctimas.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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