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El padre (2014)


Un repaso relámpago a la historia del Imperio Otomano determina su mayor esplendor en el siglo XVI, bajo el reinado de Solimán II, El Magnífico. Esa fue su cima, prácticamente al inicio. Desde entonces vivió en la decadencia, que fue vertiginosa en el siglo XIX, y se agudizó con la independencia de Grecia en 1830. Poco después, otros territorios, hasta entonces parte de gran Imperio que se extendía por los Balcanes, el norte de África, Asia Menor y parte de la península de Arabia, imitaron a los griegos. La pérdida de poder de un sistema autoritario suele ir acompañada de un aumento proporcional de violencia, como si la brutalidad fuese un medio efectivo para evitar lo inevitable: el fin. Cuanto tiene un principio, por fuerza ha de tener su final y la violencia no puede impedirlo, ni retardarlo; más bien confirma su cercanía y solo deja tras de sí destrucción, crímenes y muertos. El imperio turco se había caracterizado durante siglos por su diversidad étnica y religiosa, debido a situación entre Europa y Asia y, bajo el reinado de Abdul Hamid II, el Sultán Rojo, intentó fortalecer la posición e identidad nacional turca mediante el odio racial y religioso que encontró en el pueblo armenio, cristiano ortodoxo, a su víctima. Aquel momento apenas fue el preludio de lo que vendría después, cuando los Jóvenes Turcos, movimiento ultranacionalista, llegó al poder en 1909. Cinco años después, Turquía se alía con los imperios centroeuropeos y lucha en la Primera Guerra Mundial, y un año después se inicia el genocidio del pueblo armenio, momento histórico en el que arranca la historia de El padre (The Cut, 2014), que se se desarrolla entre 1915 y 1923. El cineasta alemán de origen turco, Fatih Akin inicia la película —cuyo guion escribió junto Mardik Martin, estadounidense de origen armenio— en 1915, cuando se desata la matanza armenia. Se calcula que entre un millón doscientas mil y un millón y medio de armenios y armenias fueron asesinadas por orden o consentimiento del gobierno otomano. Pero Akin, como había hecho Elia Kazan en su América, América, se centra en un particular, que representa al conjunto. El protagonista del film es Nazaret (Tahar Rahim), un herrero armenio a quien separan de su mujer y de sus dos hijas gemelas, de nueve años. Las primeras imágenes nos muestran a una familia corriente, como cualquier otra, pero su destino ha sido sellado por el odio, lejos de la paz de su hogar, en algún lugar donde se decide la política de represión y de crimen, de la que no tardarán en ser víctimas. 


Podría escoger otras, como la de Nazaret viendo el estreno de El chico (The KidCharles Chaplin, 1921) y siendo el único que llora de tristeza al final del film, porque ve en la felicidad del vagabundo y el niño la que a él le fue arrebatada, cuando escuchó que toda su familia había sido asesinada. Pero me quedo con dos imágenes que
 muestran un mismo instante desde dos perspectivas distintas. Su sucesión permite comprender que, en ese momento, el protagonista debe decidir entre prolongar el odio o aceptar que no se puede vivir odiando, porque ese sentimiento solo avivará la violencia y supondrá nuevas tragedias, quizá como las que han vivido los armenios en el moribundo imperio Otomano. La imagen encuadra a Nazaret a punto de arrojar una piedra contra la fila de turcos (hombres, mujeres y niños) que abandonan Aleppo después de la derrota otomana en la guerra. En ese instante, algo lo detiene y no lanza la piedra. ¿Su pensamiento? ¿Su conciencia? ¿El recuerdo de sus hijas? No tenemos acceso a su interioridad, pero la comprendemos o podemos intuirla, gracias a que la cámara de Fatih Akin nos pone en el lugar de su protagonista. Vemos la imagen que él ve, y no la que ciega al resto de armenios, que gritan y agreden a los caminantes porque claman su venganza, desatan su rabia y su ira sobre los caminantes turcos, en quienes ven a los responsable de las atrocidades sufridas. Es un niño que va junto a su madre, un pequeño de unos cinco o seis años, quizá más, que recibe un impacto en el ojo. Sangra, pero continúa andando. Es la imagen física de un instante, pero la imagen mental se prolonga en la mente de Nazaret y va más allá del momento mismo. Observa a la madre recogiendo y protegiendo a su hijo entre sus brazos. Ese mismo gesto es el que harían su mujer o él mismo por sus hijas gemelas. Ese instante, apenas dos minutos de alternancia de planos, es sencillo y efectivo, cumple la misión que Akin espera. Lo mismo se podría decir del resto de The Cut, su película más clásica y también la de mayor despliegue de medios. Ambientada durante la Primera Guerra Mundial y en los años de posguerra, el film narra la trágica odisea de Nazaret desde que dos soldados turcos lo apartan de su hogar, en Mardin, y de su familia hasta que, nueve años después, su viaje concluye en Estados Unidos, a donde llega clandestino desde Cuba y con la esperanza de encontrar a sus hijas. Durante su camino, el odio, la violencia, el hambre y la muerte son sus compañeras de viaje, también la ayuda o la compasión, como la que muestra su agresor, obligado a serlo a la fuerza, o el fabricante de jabón que le da asilo y protección en el tramo final de la contienda. Nazaret, sus hijas y el pueblo armenio sufren la violenta represión de los turcos, la etnia que domina el país donde ellos y otros pueblos cristianos como el griego son minoría y chivo expiatorio, son las víctimas de un régimen moribundo que desata sobre ellos su locura, rabia y odio



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