lunes, 1 de marzo de 2021

Las 10.30 de una noche de verano (1966)


Después de su precipitada salida de Estados Unidos, Jules Dassin tuvo que buscar en diferentes países una estabilidad personal y profesional que, por un período, encontró en Grecia, país de donde también tendría que salir cuando se produjo el levantamiento militar. Dassin, como otros cineastas en situaciones similares, buscó donde pudo la financiación necesaria para llevar a cabo sus proyectos. Ese constante ir y venir lo convirtió en un trotamundos, quizá en un buscavidas del negocio cinematográfico. Su tránsito lo llevó a Inglaterra, a Francia, a Grecia e Italia; incluso se dejó ver por la España franquista, donde rodó esta adaptación de Dix heures et demie du soir en été, escrita por Marguerite Duras y publicada en 1960. Dassin, uno de los mejores cineastas estadounidenses de su generación, también era un maestro en generar atmósferas opresivas y claustrofóbicas, tanto en espacios abiertos, Noche en la ciudad (Night and the City, 1950), como cerrados, Fuerza bruta (Brute Force, 1947). Pero no solo se limitó a generarlas en títulos que se inscriben dentro del cine negro estadounidense, también lo hizo en varios de sus dramas rodados en Europa: El que debe morir (Celui qui doit mourir, 1956) o mismamente Las 10.30 de una noche de verano (10:30 P. M. Summer, 1966). Este último, posiblemente sea su film más desquiciado, espectral, sórdido y alucinado, ya que genera inestabilidad y, sin prejuicios, nunca se estabiliza para apuntar deseo, insatisfacción, sangre, pasión, dolor y derrumbe. Hay un triángulo amoroso, hay un entorno que desata la tormenta y un final para el amor de un matrimonio burgués, que viaja a España en compañía de su hija y de Claire (Romy Schneider), la mujer puente entre ambos o quizá la excusa que María (Melina Mercouri) precisa para aceptar su imposible.


<<Cualquiera que no entienda que el amor puede cambiar o transferirse, o dejarse, es un idiota. Punto>>. María no puede ser más clara respecto de las emociones que la superan y que le han llevado al alcoholismo y a imaginar que ha encontrado una salida mientras fantasea con la infidelidad de Paul (Peter Finch). Aunque no quedó satisfecho con el resultado de esta pasional película sobre el fin de amor, 
Dassin logro un film atractivo, pasional, desasosegado, por momentos desquiciado, en todo su metraje subjetivo —en determinados momentos, la cámara son los ojos de Maria, vemos a través de su alteración— y sórdido, quizá por todo ello no fue estrenado en España, donde se rodó y donde encontró parte de la financiación. Dassin delimita la acción a una noche y su día siguiente. A una intensa tormenta y a una jornada que amanece despejada, a una estancia en un pequeño pueblo de la provincia de Segovia donde se comente el crimen pasional que despierta la curiosidad de María, la saca su apatía y la empuja hacia la paranoia. La acotación temporal no era novedosa en su cine, ni la carga psicológica de personajes atrapados, en este caso en una noche espectral durante la cual los silbatos de la guardia civil se dejan escuchar para aumentar la sensación de desconcierto y, en ocasiones, tan amenazante como la expuesta en la magistral Noche en la ciudad. Pero la sordidez de Las 10.30 de una noche de verano es al tiempo parte del retrato que Dassin hace del pueblo castellano donde Rodrigo Palestra (Julian Mateos) asesina a su mujer y al amante. Allí, los vecinos lo asumen como un crimen pasional que algunos justifican con un simplismo y un machismo primitivo, garrulo y avasallador. En ese instante de muerte y enajenación arranca un film de sangre caliente, que Dassin rueda como una pesadilla pasional, que se suaviza y agudiza según el estado emocional de María, condicionada por la presencia de Claire, con la que una veces parece rivalizar y otras quizá desear.



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