martes, 10 de mayo de 2011

El dormilón (1973)


Miles Monroe (Woody Allen) despierta tras pasar los últimos doscientos años congelado en una cápsula. En 1974 era una persona normal, propietario de un restaurante de comida sana y un clarinetista. Pero, en el 2174, las cosas han cambiado, el mundo no se parece en nada al que conocía. Se encuentra con una sociedad carente de libertad de pensamiento, dominada por un jefazo de carácter fascista. Pero, la verdadera sorpresa llega cuando los científicos que le han despertado le informan de que lo han hecho por un motivo concreto. Él es el único ser humano que no posee identidad, por tanto el único que puede descubrir en que cosiste el Proyecto Aires y advertir a la resistencia. Sin embargo, antes de poder asumir su cometido (tras aceptarlo a regañadientes), son atacados por los cuerpos de seguridad, de los que únicamente Miles escapa, disfrazado de robot doméstico. Como tal, lo conducen a un nuevo hogar donde debe servir a Luna, una mujer claramente adaptada a la sociedad en la que vive, sin plantearse nada más que aquello que la ocupa, es decir celebrar fiestas diarias y buscar el placer (que por otra parte difiere del placer que conoce Miles). Tras unas series de incidentes, Miles secuestra a Luna y le pide que le ayude a contactar con la resistencia. Por momentos, El dormilón parece sacado de la época muda, sus gags recuerdan a aquellos cortometrajes cómicos de Charles Chaplin, Harold Lloyd o Buster Keaton. Golpes, caídas, gestos, persecuciones, etc. Situaciones, cada cual más hilarante, acompañadas por una música que realza su comicidad y que en su conjunto nos facilidad la carcajada (algo que El dormilón consigue con frecuencia). Es una comedia no seria, parece una tontería afirmar ésto, pero en el caso de Woody Allen no lo es. Ya que El dormilón pertenece a la primera etapa de su filmografía (anterior a la llegada de Annie Hall), en la cual, a pesar de esbozar parte de su estilo, se deja llevar, intencionadamente, por la comicidad del director-guionista-actor. No obstante, asoman en El dormilón constantes de su cine, tales como: el ateismo, el jazz, las frases ingeniosas que no intentan disimular la crítica que encierran, la muerte o el sexo, que son algunas muestras de lo que Allen desarrollará con mayor profundidad en la segunda parte de su filmografía.
Como en casi en todas sus películas existe un hueco para homenajear a aquellos personajes del mundo del cine que han marcado de una forma u otra su estilo. Así pues, encontramos una especie de tributo a Groucho Marx en la escena en la que Miles se afeita ante el espejo, que, salvando las distancias, hace referencia a la divertida escena del espejo en Sopa de Ganso (1933) de Leo McCarey.
Miles Monroe define, perfectamente, su pensamiento al final de la película: no cree en la ciencia, no cree en la política, no cree en Dios, cree en el sexo y cree en la muerte, al menos ésta no produce vómitos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario