En 1940, Dino Buzzatti publicó la novela El desierto de los tártaros (Il deserto dei Tartari), un relato que tiene como protagonista al joven Giovanni Drogo, teniente enviado a un puesto fronterizo donde nunca ocurre nada, pero donde siempre existe una sensación amenazante. La novela profundiza en el interior de este joven teniente, en quien se refleja sin concesiones el paso del tiempo y la insignificancia del paso del hombre por el mundo. En un principio, el ser humano es ajeno a la fugacidad de la existencia, a la soledad que le rodea y a las limitaciones innatas al propio ser. Esa sensación de que algo va a ocurrir invade al protagonista, sueña con convertirse en un héroe de verdad, y su oportunidad debe llegar. Sin embargo, el tiempo transcurre, la dicha, la aventura y la juventud se fugan dejando paso a una madurez que le descubre sus propias limitaciones, mientras, sus sueños se marchitan en el olvido, ante la imposibilidad de alcanzarlos. El desierto de los tártaros es una novela impregnada de un lirismo pesimista que se hace patente en Drogo, quien observa como transcurre el tiempo y nada sucede, hasta que descubre una única certeza: la muerte, la verdadera amenaza que llegará desde ese metafórico desierto. La desolación que sufren los personajes que se encuentran en la vieja fortaleza se muestra cruel, patética e inútil, ¿quién atacaría por un lugar prácticamente inaccesible? ¿Quién es ese enemigo al que aguardan? La situación se convierte en una especie de destierro en el que se han roto los lazos familiares, y las esperanzas son sustituidas por la realidad-imaginaria que significan tanto la fortaleza como el desierto. Dino Buzzatti escribió una excelente novela rica en metáforas referidas a la fugacidad de la vida, la soledad y la desilusión, pero la existencia puede ser mucho más que eso, si se comprende que la verdadera amenaza no se encuentra más allá del desierto, sino en el interior de la fortaleza.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Comentarios
Publicar un comentario