Con el paso del tiempo, las míticas producciones de terror realizadas en los estudios Universal, allá por la década de 1930, no resultan tan terroríficas como debieron serlo en su momento; al menos, no para el público actual que, perdida la inocencia cinematográfica de su homólogo de ayer, sí encuentra en ellas las notas de humor que asoman en la mayoría de los títulos que componen el ciclo de terror Universal. Lo que también se descubre en este tipo de horror movies, es el encanto de sus luces y sombras, el romanticismo de sus personajes y las atmósferas enrarecidas de películas repletas de logros artísticos y técnicos, cuando estos encontraban en las maquetas, los trucajes, los alambres o en el maquillaje su principal fuente de efectos especiales. Pero, sobre todo, conservan su reflejo social —incluidos los megalómanos sueltos que pretendían conquistar el mundo—, aquel que va más allá de la fantasía que proponen para descubrir parte de una época en la que El hombre invisible (The Invisible Man, 1933) es un buen ejemplo del tipo de cine que convirtió a la productora de Carl Laemmle en un referente mundial del cine de terror. La película ofrecía al público la oportunidad de no ver a su protagonista, circunstancia inusual y realmente atractiva. Y si a esta invisibilidad se le une que la historia estaba basada en una obra de H. G. Wells, uno de los escritores pioneros de la literatura de ciencia-ficción, y que su director era James Whale, el realizador de la exitosa El doctor Frankenstein (Doctor Frankenstein, 1931), el éxito de la ausencia física de Claude Rains estaba prácticamente asegurado: y así fue.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...




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