De alguna manera, El jinete pálido (Pale Rider, 1985) es un western fantasmal, antecedente de lo que será Sin perdón (Unforgiven, 1992), que incluso coquetea con la fantasía en la figura del predicador, cuya presencia resulta inexplicable y plantea si realmente se trata del milagro por el que Megan ha rezado o de alguien que llega por casualidad; que es aquello que no sucede por milagro, sino por imprevisto e inesperado. Aunque las palabras del comisario Stockburn (John Russell) apuntan hacia la primera opción: la del espectro, puesto que él conocía a un hombre como el que le describe LaHood, pero descarta la posibilidad. Dice que no puede ser, ya que aquel tipo está muerto. Clint Eastwood consigue equilibrar el tono espectral con la acción; sin renegar a la intimidad de los personajes. Así, muestra los miedos, las frustraciones y los deseos de aquellos entre quienes se instala el aparecido, quien, en cierto aspecto, y más allá de que ambos estén interpretados por Eastwood, asuma un atractivo similar al del protagonista de El seductor (The Beguiled, Donald Siegel, 1970); ambos despiertan el deseo femenino y precipitan en conflicto, en este caso, entre madre (Carrie Snodgress) e hija. Sienten una atracción inevitable hacia el predicador que les proporciona seguridad. Encuentran en el un valor distinto al no violento que se descubre en alguien como Hull; porque el valor no se encuentra en las armas, sino en las elecciones de cada uno, algo que Hull asume cuando convence al resto de sus compañeros para que permanezcan trabajando las tierras donde han enterrado a su familiares, su hogar. Sin embargo, la desaparición, a la mañana siguiente de la votación en la que han decidido luchar, del predicador provoca que también desaparezca la confianza de unos hombres que se encuentran desvalidos tras su marcha. La llegada al pueblo de Stockburn, un comisario que se vende al mejor postor, acompañado por seis ayudantes de gatillo fácil, es un presagio de que la violencia no tardará en desatarse.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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