Pienso en Los pájaros (The Birds, 1963) y veo la pareja de periquitos enjaulada, tranquila en su encierro; aceptando el ir de aquí para allá, inconsciente de que Melanie Daniels (Tippi Hedren) decide el tránsito. Pienso en Los pájaros y la siento como una de las obras más personales, claustrofóbicas e inquietantes de Alfred Hitchcock, pues sospecho que sus personajes viven en un encierro que, similar al de los periquitos, confunden con armonía y seguridad. No se trata de un espacio real de barrotes de hierro, sino en uno que ellos mismos han creado o han aceptado, uno que los tranquiliza al tiempo que los amenaza. En determinado momento, dicha amenaza cobra forma en los ataques inexplicables de aves que, hasta entonces inofensivas, rompen el orden que los habitantes de Bodega Bay dan por inamovible, un orden al que se someten y en el que acallan miedos y ansiedades que salen a la luz y evidencian ciertas carencias afectivas y psicológicas que se han negado, o han mantenido ocultas. Hasta entonces han sentido comodidad, han sentido que controlan sus vidas, que dominan el medio natural inconscientes de que este se ríe de su insignificancia. ¿Son los pájaros los responsables del miedo irracional? ¿O son las propias personas las que se aterrorizan cuando reconocen que la seguridad, en la que basan y tranquiliza sus existencias y la sociedad que forman, es un concepto imaginario? Cuando encarga la pareja de periquitos, Melanie Daniels ignora la que le viene encima. En ese instante no se plantea que su vida no dependa por entero de ella. En realidad, depende del tipo de los perros con quien se cruzó antes de entrar en la pajarería, el mismo individuo que le hará sufrir la pesadilla que ya se augura cuando ella observa la multitudinaria bandada de pájaros sobre el cielo de San Francisco. La pesadilla surrealista se confirma cuando Melanie pretende sorprender a Mitch (Rod Taylor), que ha llamado su atención en la inofensiva pajarería, y le sigue hasta Bodega Bay, donde aquel acude cada fin de semana para visitar a su madre (Jessica Tandy) y a Cathy (Veronica Cartwright), su hermana pequeña.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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