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Los raíles del crimen (1965)


El cineasta francés de origen griego Costa-Gavras debutó en la realización de largometrajes con este interesante policíaco, que nada tiene que ver con el cine de denuncia político-social que desarrollaría a partir de Z, y que le daría fama a nivel mundial. La trama de Los raíles del crimen (Compartiment tueurs, 1965) gira en torno al asesinato de una mujer que viaja en un tren que se dirige a París. Cuando se descubre el cadáver, la policía no encuentra ninguna pista, ni móvil al que aferrarse y que les facilite la investigación. ¿Por dónde empezar?, se pregunta el encargado del caso. El inspector Graziani (Yves Montand), y su ayudante, Jean-Lou (Claude Mann), optan por localizar a los viajeros que compartían el coche-cama con la víctima; puede que uno de ellos sea el culpable, es lo único que pueden hacer por el momento, así como entrevistar a los conocidos y familiares de la víctima. Los primeros compases de Los raíles de crimen se detienen en el seguimiento de los personajes que viajaban en el tren, aunque no con igual interés, así pues el seguimiento más preciso sería el realizado sobre la pareja que forman: Bambi (Catherine Allégret) y Daniel (Jacques Perrin), quienes se encuentran por primera vez cuando Bambi sube al vagón (el comienzo del film) y le ofrece a Daniel la posibilidad de viajar en la litera vacía de su compartimento, el mismo donde aparecerá asesinada la mujer; ambos son jóvenes y tienen toda la vida por delante, y sin embargo, el joven se muestra esquivo con todo lo que se encuentre relacionado con la policía, parece temer algo, pero a Bambi le convencen sus explicaciones porque siente atracción por él. De igual modo, la historia se centra en Cabourg (Michel Piccoli), otro de los pasajeros, quien en la intimidad se descubre solitario, resentido y acomplejado, y que durante el viaje había intentado flirtear con la víctima; y la última pasajera de importancia: Eliane Darrès (Simone Signoret), una actriz a la que la edad empieza a pesar en su pensamiento, sobre todo  después de aferrarse a un amor no correspondido con el joven Grandin (Jean-Louis Trintignant). Estos son los personajes a quienes intentará encontrar el policía, de igual modo que lo hará el asesino que pretende deshacerse de ellos. Estos desconocidos se muestran tal cual son; con sus miedos, sus pesares y sus anhelos frustrados, que se presentan en breves analepsis en los casos de Cabourg y Darrès. Pero lo más extraño para Graziani no resulta hablar con los sospechosos, sino que estos mueran tras el primer contacto con él, una curiosidad que le intriga y que le hace estar en desacuerdo con las apreciaciones y explicaciones del comisario (Pierre Mondy). Tras descubrirse los asesinatos de los posibles testigos o culpables, el rumbo de Los raíles del crimen cambia por completo, se aleja de los personajes y ofrece mayor protagonismo a la intriga que obliga a la policía a actuar a contrarreloj, si pretende localizar a los supervivientes del vagón, y con ellos descubrir la verdad sobre un crimen inexplicable, en el que nada parece ser y, sin embargo, cualquier posibilidad es posible.

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