Como mínimo el mito de El Show de Truman (The Truman Show, Peter Weir, 1998) plantea dos interrogantes que podrían ser expuestos de mil formas distintas, aunque la mayoría coincidirían en su fondo. Un Kundera que viese el film quizá hablase de la negación de “la mierda” en una sociedad que huye de su realidad para recrearse en el kitsch; un Orwell diría que el show es el drama y la realidad, la representación en la que los humanos ya viven atrapados y observados por los guardianes del status quo que vigilan que este no sufra la menor alteración, mientras que un Marcuse podría ver, fuera y dentro del estudio televisivo, la sociedad imposibilitada de pensamiento crítico, en la que se recrea el triunfo del individuo unidimensional ya totalmente carente de pensamiento negativo, lo cual lo hace esclavo de la idea o ideas que dominen en el momento y en el medio que las difunda. Un Platón moderno tal vez propondría a su oyente que imaginase un plató gigantesco que en su longitud, altura y anchura, diera el área y el volumen de un mundo hecho a la medida de un hombre encadenado desde la infancia, de suerte que no pudiese abandonarlo ni pensar en hacerlo, ¿aceptaría este individuo la realidad a ciegas, sin cuestionarse qué parte de la misma podría ser ficticia? ¿Y comprendería que los medios de comunicación la estarían manipulando para condicionar sus hábitos y sus creencias al tiempo que lo harían con las conciencias de quienes vivirían pendientes de la emisión del programa? <<Y bien, mi querido Glaucón>>. ¿No pensarías que la vida de Truman Burbank (Jim Carrey) es la gran mentira ideada por Christof (Ed Harris)? ¿Una falsa realidad que serviría de entretenimiento para millones de personas que, desde sus hogares, permanecerían atentas a la cotidianidad de un hombre que no sospecha ser el centro de sus miradas? <<Si todo esto fuera cierto>> ¿dónde residiría el interés y el éxito de un show que arrebataría la existencia y esencia de un ser humano para ofrecer una realidad adulterada a quienes también estarían siendo manipulados, inconscientes de estar siéndolo?
Como consecuencia, la propuesta de Andrew Niccol, como guionista, y Peter Weir, como realizador, ni es comedia ni drama, es la terrorífica realidad a la que despierta aquel a quien se le niega el acceso a la verdad, ¿pero a qué verdad? ¿A la misma que le permitiría descubrir que ha estado sometido a la humillación de vivir una falsedad que le ha imposibilitado experimentar una existencia que le permita asumir decisiones, erróneas o acertadas, pero, al fin y al cabo, suyas, elecciones a las que tendrá acceso cuando se consume su despertar-renacer? La exposición realizada por Weir en El show de Truman, al tiempo que entretiene, ofrece al espectador la oportunidad de plantearse cuestiones que no solo afectan al mal uso de los medios de comunicación, sino a la sociedad en general y al individuo en particular, como sería el caso de un personaje que, al intuir que algo falla en su mundo perfecto, evoluciona desde la inocencia que se transforma en desorientación ante su descubrimiento, en la negación del mismo, en miedo a lo desconocido, en incomprensión por sentirse manipulado y perseguido, hasta que, finalmente, rompe sus cadenas y asume convertirse en un ser libre y pensante, quizá el único dentro de esa caverna mediática donde las sombras proyectadas por intereses ajenos le han impedido el acceso al mundo real, aquel que se presupone encontrará más allá de las escaleras desde donde se despide de la falsedad vivida, << y al fin podría, no solo ver la imagen del sol en las aguas y dondequiera que se refleje, sino fijarse en él y contemplarlo allí donde verdaderamente se encuentra>> (Platón: La República. Libro VII).
Todos somos parte de un espectáculo, hemos llegado a ser la diversión de otros a través d e las redes sociales. Las cámaras están siempre encendidas, 24 horas de transmisión de todo, el futuro ... será...
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