La inevitable atracción de la roca
Por Antonio Pardines
La desventura de Michael (Nicolas Cage) en Red Rock, una pequeña población de unos mil quinientos habitantes en el estado de Wyoming, gira alrededor de las coincidencias que le zarandean para el disfrute del público que acudió a las salas para dejarse llevar por las penurias de un don nadie atrapado entre el estar sin blanca y la codicia que la fortuna pone en su camino. Aparece en forma de una mujer fatal (Lara Flynn Boyle), de un marido no menos capullo (J. T. Walsh), que resulta ser el barman, la parte contratante de un homicidio y el sheriff local, y un asesino profesional (Dennis Hopper) que, como Michael, procede de Texas, el estado de la Estrella Solitaria. Quizás, debido a esa soledad compartida le insista que beba con él después de estar a punto de atropellarlo mientras Michael huye en la nocturnidad de una carretera solitaria en la que el héroe —pues lo de anti solo es otra apariencia más— acaba bajo el automóvil de quien se gana la vida perdiendo las ajenas.
El resultado aparente de tanta coincidencia delata que se trata de una película independiente que toma aspectos del western para ofrecer un thriller cuya negrura no se desvela en el ambiente —aunque insista en una atmosfera nocturna y mortuoria— ni en los personajes, sino en el humor negro, el que caricaturiza el motor de tantos films: el dinero. Y, para que se den todas las coincidencias, una tras otra, en su justa proporción, y con ellas la sensación de que el antihéroe se encuentra atrapado en un continuo retorno a Red Rock, se sospecha una mano divina para que todo encaje. Nunca se olvida, se sabe que está ahí, en ese oeste de mala suerte —se olvida que también la hay buena en la misma proporción, pero la mala es la premisa para que se dé la función— adonde Michael llega porque un amigo le ha encontrado un empleo que finalmente no logra debido a su lesión de rodilla, la que sufrió en el Líbano, cuando estaba destinado allí.
En realidad, la historia está escrita a cuatro manos, aunque se diga a dos, la de sus autores, que son los hermanos Dahl, John y Rick. El primero había sorprendido en las salas independientes con su primer largometraje —por aquel entonces me contaba entre los agradablemente sorprendidos—, La muerte golpea dos veces (Kill Me Again, 1989), en el que ya tomaban del western y del cine negro para crear un thriller que jugaba con el espectador, milimetrado, sin posibilidad más allá de lo establecido. Entonces no me lo preguntaba, pero, ahora, la edad me pasa factura y me obliga a preguntarme qué queda para el espectador que contempla el fuera de campo, y no solo la imagen proyectada. Pues en películas como La muerte golpea dos veces, Red Rock West (1993) e incluso Rounders (1998) —que contaba con un reparto estelar de primer orden y se suponía la puerta de entrada de Dahl a la primera división comercial hollywoodiense, tras el batacazo en taquilla que supuso Escondido en la memoria (Unforgettable, 1996)— queda el divertirse o el aburrirse, que son los máximos extremos de las películas de consumo, realizadas para cumplir con su cometido lúdico.
Todo mecanismo de relojería me aburre. ¿O es que el continuo tick tack no es ya en sí una condena al aburrimiento de un sonido que se repite hasta dormirme o morirme? En Red Rock West todo encaja, nada parece fuera de lugar, pero, precisamente, por ese orden aparente del azar, el que no encaja más allá del guion. Incluso podría pasar por un buen thriller, pero, tras su apariencia renovadora mirando el pasado cinematográfico con nostalgia, no puede ocultar conformismo en su admiración por los géneros y los films que pueden rastrearse en este segundo largometraje de Dahl —desde Perdición (Double Indemnity, Billy Wilder, 1944) hasta un western de Budd Boetticher—, quien apuntaba a buen director de género, pero algo pasó por el camino. ¿Qué ocurrió? Tal vez alguien escribiese su quedarse atrapado en un eterno retorno a la dirección de episodios de series de televisión.

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