No me deis héroes
Por Antonio Pardines
Me esfuerzo en recordar, pero no encuentro ninguna película protagonizada por Orson Welles en la que se las dé de héroe. No le recuerdo interpretando a ninguno a lo largo de su filmografía actoral. Tampoco como director mostró interés por ellos. Ni Kane, ni Otelo, ni Macbeth ni su capitán Quinlan en Sed de mal (Touch of Evil, 1958) encajan en el estereotipo. Puede que se me pase alguno, pero sus personajes más populares nada tienen de los atributos que el cine asume heroicos. Esos nobles impolutos e incorruptos quedaban para los Gary Cooper, Henry Fonda, Cary Grant, Gregory Peck o James Stewart —aunque a menudo disimulase en plan antihéroe—, que llenaban de matices propios las figuras inmaculadas que, en algunos casos, trascendieron lo heroico para convertirse en legendarias. Su interés por este tipo de modelo, generalmente de cartón piedra, se limitaba a participar, quizás, en algún film que le reportase algo de dinero que emplearía para bienvivir y seguir embarcado en sus constantes aventuras cinematográficas. Quijotesco y shakespeariano, este ilusionista cinematográfico era todo menos heroico, mas esa falta de etiqueta no le impedía dotar de alma a sus personajes, pues cabe recordar que toda alma no es ni blanca ni negra, es gris.
Ni siquiera es heroico en un melodrama como Mañana es vivir (Tomorrow Is Forever, Irving Pichel, 1945), en la que asume un papel prístino, noble, pero condenado por el trauma emocional del instante en el que se descubrió sin rostro en un hospital austriaco hacia el final de la Gran Guerra (1914-1918). Aquel momento selló su destino, el que curiosamente le devolvería a Pittsburgh y a Elizabeth (Claudette Colbert), la mujer con quien estaba casado y que el presente de 1939 cruza en su camino, sin que ella lo reconozca. La descubre casada y comprende que ha sido una mujer feliz, lo cual justifica su decisión pasada, pero también le genera melancolía por lo no vivido a su lado. Acepta el hecho de que nunca podrán volver a estar juntos, también acepta que el muchacho de veinte años, Drew (Richard Long), sea el hijo que no conoció. Cierto que su personaje podría pasar por heroico, pero se trata de alguien que ni viste ni calza esos atributos visibles de los héroes de Hollywood. De hecho, podría considerarse un derrotado. Su porte, encorvado y resignado, así parece atestiguarlo, pero su entereza moral está fuera de toda duda. Él asume la crianza de Margaret (Natalie Wood), la hija del doctor (John Wengraf) que le salvó y se convirtió en su amigo hasta que los nazis lo mataron por sus ideas distintas. También asume en silencio el rol paterno y mediador entre el deseo de alistarse de Drew y el miedo de una madre que teme perderlo, como ya perdió a su primer marido.

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