La estratégica lucha de la no violencia
Por Antonio Pardines
Entrado el siglo XX, parecía difícil para un imperio que se postulaba democrático, y que estaba en plena decadencia, el exterminar sin más, pues los medios de comunicación no dudarían en sacar a la luz la noticia —otra historia muy distinta sería dentro de un imperio como el soviético, controlado desde una política de religiosidad laica, opaca, purgadora y con menos miramientos—. Tarde o temprano, los hechos lucirían en las páginas de los periódicos y sonarían en las ondas ejerciendo una influencia decisiva en la opinión pública mundial, que se volvería en contra de esa política represiva y colonialista que, en la India y en otros países de Asia y África, estaba a punto de cambiar, que no de desaparecer —tal como sucedía en Sudamérica con el neocolonialismo—.
La presión mediática y popular fue enorme, sobre todo después de los crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Pero, aun así, hubo violencia y crimen, antes y después de la partición británica. Hubo masacres como la de 1919 en la plaza de Amritsar, brutal represión por parte del ejército británico, la que convenció a Mahatma Gandhi de la necesidad de la independencia, o ya en 1947 las matanzas entre musulmanes e hindúes.
El movimiento popular liderado por Gandhi dio sus frutos, aunque esto no implica que la violencia desapareciese, ya que no todos estaban de acuerdo con su postura ni los intereses dentro de los propios independentistas coincidían. En todo caso, partiendo de filosofías hinduistas, el líder indio decidió que la mejor solución para lograr la independencia y la igualdad sería el uso de la no violencia, pues esa aparente inacción —que es quizás la acción política más osada y radical del siglo XX— remarca la violencia del opresor. Lo pone en evidencia, lo vuelve criminal a ojos del mundo. Además, evita que haya cualquier justificación al uso de la fuerza por parte de las autoridades imperiales y evita las acusaciones de usarla. Solo así, pensaría Gandhi, a la larga y no sin víctimas, se lograría el objetivo.
Es probable que, de haber sido el británico un gobierno democrático (y no el elitista y colonialista que fue), en la India no hubiese existido el Gandhi que llegó a ser, el que reaccionó ante los continuos abusos de los ingleses hacia los hindúes. Como los indochinos o los argelinos para los franceses, los indios no eran más que ciudadanos de segunda para los señores británicos. Existía un «apartheid» anterior al sudafricano y una semiesclavitud silenciada que beneficiaba a los amos europeos. Gandhi no fue el primero en ver esto y en luchar en contra, pero sí se podría decir que fue el primero en pelear sin violencia, sentándose o marchando al frente en la famosa Marcha de la sal, en 1930, uno de los movimientos más estratégicos y popularizados por la prensa del siglo XX —más que la Marcha de Roma de Mussolini en 1922 o la que congregó en Washington D. C., alrededor de la figura de Martin Luther King, a miles de activistas de los derechos civiles en 1963—, u ofreciendo la otra mejilla. Este gesto, presumido por el cristianismo, fue llevado a la práctica por un hindú que inventó una nueva forma de plantar batalla, una mucho más valiente y estratégica que la de lanzar adoquines o quemar coches y locales practicada en mayo de 1968, la cual solo serviría para que todo siguiese igual. Si no hay una unidad y una entrega más allá del berrinche, ¿qué se construye? Poco o nada, sin sacrificio y sin espera. Hoy, se quiere todo al instante, pero eso es como perseguir haces de luz, que solo se alcanzan en la ilusión que desaparece cuando intentas atraparlos con la mano.
El mito del 68, en parte derivó en el negocio de nostalgia que le siguió; el de Gandhi en su «santificación», más él no iba para santo: era un pensador, un político y un estratega que desarrolló su doctrina de no violencia entre 1906 y 1928, cuando sus ideas habían madurado lo suficiente para alcanzar algo más que rayos verdes. En no pocos aspectos, la estética del 68 es similar a la que algunos están poniendo en práctica en la actualidad, que es una postura que presume movimiento, porque sale en los medios y en las redes sociales —que no dicen que lo que ahora es noticia, un segundo después es olvido—, cuando está actuando en la inmovilidad.
Destrozar no es avanzar, de hecho, el destrozo suele responder a estar estancado y poco tiene que ver su estética de protesta con la acción estratégica planificada —disciplina, organización, paciencia— puesta en marcha por Gandhi en la India y asumida décadas después por Luther King en Estados Unidos. Cierto que cada época tiene sus características y sus espacios (que ya no campos) de batalla y que los dos líderes nombrados murieron asesinados; Mussolini, también, aunque su contexto difiere, pues fue un acto visceral y popular de venganza, es decir, un linchamiento. Hoy ya no se dan como en la época del líder indio o el estadounidense, pues los centros de poder (y contrapoder) también aprendieron a planificar de un modo que sustituyese la violencia por otros usos, tales como la seducción o mismamente el hacer pensar que se está siendo protagonista y activista. Busca desahogar su frustración —o la que le generan—, y busca su catarsis, pero todo ha de ser en la inmediatez, en la noticia. Ya nadie parece tener en cuenta que habrá que aprender a esperar (no confundir con no hacer nada o con caer en la indiferencia), que es de lo más subversivo en la actualidad.
Imagen de cabecera: Fotografía de Gandhi durante la Marcha de la Sal, marzo de 1930. Dominio público.

Comentarios
Publicar un comentario