La del 0,05
Por Antonio Pardines
El antihéroe chaplinesco y el héroe de Fred Zinnemann en Solo ante el peligro (High Noon, 1952) tienen en común que están fuera. Sin embargo, Charles Chaplin decide estarlo y al suplicante de Gary Cooper ya no se le permite pertenecer a la normalidad a la que el primero nunca tendrá acceso, debido a su caminar a contracorriente. A tal «status quo» habría pertenecido el segundo hasta el momento que se descubre expulsado porque el resto tiene miedo de lo que en ese instante implica para ellos su presencia. En Chaplin, la decisión es suya, deriva de ejercer la costosa libertad interior de su personaje, que este expresa en el exterior vagando y siendo la nota discordante en entornos sociales que cierran los ojos ante aquellos que les molesta o que amenaza su armonía cotidiana. Por contra, el marshall de Cooper era un creyente, un modelo de conducta, incluso es un representante de la Ley. No se ve tan amenazado por la llegada de los pistoleros como por la respuesta de sus supuestos amigos y vecinos (o ausencia de la misma). Entonces descubre su situación real, la de ser un individuo aislado y rechazado por el medio que, hasta que no surge el conflicto que puede afectarle, se ha mostrado amable. Pero esa supuesta comunión se rompe y desvela la hipocresía social que margina a quien se desmarca, a quien se desvela en su imperfecta humanidad, y se cierra en banda.
Lo que antes era, ya no y esa circunstancia me lleva al tema que se repite y vertebra la obra de Thomas Vinterberg, esa constante que luce en sus mejores películas: Celebración (Festen, 1998), La caza (2012), Otra ronda (Druk, 2020). En las tres se descubre a individuos expulsados del mundo de los justos y de los buenos —debido a desvelar la verdad, a ser sospechoso y a buscar en el alcohol romper las cadenas y dejar atrás la sensación de fracaso, respectivamente—, quienes han creado el espejismo de ser civilizados, el de poseer la hegemonía moral que les permite marginar e incluso perseguir a los señalados. Lo hacen con aquellos de los suyos que se desvelan incómodos, lo practican para seguir manteniendo las mentiras que generan el espejismo de virtud, de normalidad, de funcionalidad.
El cuarteto que pone en práctica la teoría del 0,05 por ciento de alcohol toma como ejemplo de creador de éxito que bebía a diario a Ernest Hemingway —también se justifican en políticos como Ulysses S. Grant y Winston Churchill—, pero quizás deberían pensar en Charles Bukowski y que el escritor de Adiós a las armas acabó suicidándose cuando se vio incapaz de soportar la levedad del ser y de la edad. En estos escritores encontramos el espejo literario de los casos del comisario de Cooper y del vagabundo de Chaplin. Hemingway necesitaba la admiración de la comunidad, el sentirse modelo heroico a seguir tanto en la guerra como en la fiesta, mientras que Bukowski había surgido de la marginalidad —similar a chaplinesca— y en ella deseaba estar, aunque sin renunciar a los posibles que le ofrecía su tardío éxito literario, porque solo ahí podría ser el personaje que creía ser. Lo que buscan es el recuperar la sensación de éxito, pues Otra ronda trata más sobre la idea del fracaso social y de la angustia existencial que del alcoholismo —en el que, con sus matices, incluyo también el consumo aceptado socialmente—. Así, ante la ilusión perdida en largos años de letargo, de madurez entendida como la obligación de hacer algo aceptado, quieren romper el gris rutinario; inconscientes, tal vez, de que ese tono viaja en ellos no por déficit de alcohol en sangre ni por la juventud que añoran y, sin expresarlo, sienten que pueden recuperar.

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