Silencio tras el brindis
Por Antonio Pardines
Por cuestiones lógicas y naturales la familia se convirtió en el primer núcleo social donde se impuso cierto orden, el dictado por la figura patriarcal, que solía ser el individuo de mayor ascendencia dentro del grupo —de una gran familia surgiría el clan y de la unión de varios el siguiente nivel estructural social—. Se convirtió en figura de autoridad, no en el típico padre o madre que nos vienen a la cabeza. Eso no quiere decir que no existiesen la protección y los lazos afectivos, pero el orden se imponía. Por otra parte, no sabría precisar cuándo se empezaron a celebrar los cumpleaños y el resto de eventos que reúnen y festejaban a los distintos miembros familiares, ni cuándo el nacimiento empezó a tomarse como una fecha dichosa que celebrar ni cuándo la muerte se lloró por primera vez como la desdicha ante la ausencia del ser querido. Incluso tengo menos idea de cuándo se tomó conciencia del incesto —que supongo habitual antes del paso del nomadismo a las sociedades regladas— y de los abusos, ni de cómo las familias de clase alta y baja celebran sus festejos. No me he encontrado con ningún fantasma del pasado, del presente y del futuro para saber cómo vivieron, viven y vivirán las familias, pero, aun siendo en tanta ignorancia, entiendo que existen aspectos, más allá de los biológicos, que acercan a unas y otras.
Las querencias y las pérdidas nos afectan a todos, aunque se tomen de distinto modo, a cualquier espacio familiar —incluso en el resto del reino animal parece ser así—. Las distancias generacionales y de intereses también se producen en los entornos familiares, mas esto no quiere decir que no haya afecto, cariño, incluso desafecto y rencor. Como medio de expresión (e indagación) era inevitable que el cine se interesase por la familia. Lo hizo a temprana edad, cuando todavía estaba en pañales y no sabía hablar. Desde entonces ha venido repitiendo fórmulas y estereotipos; también desvelado aspectos íntimos de cómo la familia arropa o despoja. No hay cinematografía que no la haya tratado, por lo que existen ejemplos suficientes para escribir sobre el tema más que estas dos líneas que podrían resumir que nuestro origen se encuentra en un entorno limitado y cerrado, a veces protector y otras tan hermético y asfixiante que parecen no existir resquicios para que entre la luz ni el oxígeno. Este último es el que nos descubre Thomas Viterberg en Celebración (Festen, 1998), aclamada producción que se inscribió en el movimiento DOGMA 95, aquel que, como movimiento tenía los días contados. Pero lo bueno de este film no es que se adapte a las normas establecidas por sus firmantes, sino que sea capaz de generar tensión que se siente creíble.
Christian (Ulrich Thomsen), el hijo mayor de un matrimonio que ignora que va a vivir su particular caída de los dioses, desvela en su discurso de felicitación a su padre (Henning Moritzen), por su sexagésimo cumpleaños, que este abusó sexualmente de él y de su hermana gemela, quien decidió suicidarse antes que continuar sufriendo las visitas de los fantasmas de aquellos días —cuando regresaron en su edad adulta para hacerle revivir los abusos en pesadillas que no pudo resistir—. Y así, desvelando ese crimen paterno, le desea feliz aniversario ante la atónita mirada e incómodo silencio de los presentes, que intentan hacer como que no han escuchado e incluso Helene (Paprika Steen), la hermana viva, siente la necesidad de negarlo, de creer que es una broma. Y ahí, tras ese momento que se escapa del humor negro en el que Helene busca una salida, la hipocresía parece tomar el mando, sobre todo cuando la madre (Birthe Neumann) lanza su discurso exculpatorio, con el que pone en evidencia a sus tres hijos y hace recaer la sospecha de fantasioso sobre Christian, quien, por desvelar la verdad familiar y personal hiriente, sufre dos reacciones en apariencia distintas, el «aquí no ha pasado nada» y la persecución de propios y extraños —que revelan un mismo origen: la aceptación del orden y de la hipocresía con la que se corre un tupido velo—. Aunque estos último bien pueden ser también los primeros. Este sería el caso de Michael (Thomas Bo Larsen), que se desvela consentido, caprichoso, elitista, violento, racista, características que tal vez fuesen de cosecha propia, de herencia paterna o de la disfunción familiar silenciada; o la suma de todas ellas.

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