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Amor a quemarropa (1993)


Tras el estreno de
Amor a quemarropa (True romance, 1993) alguien dijo algo así como que si la película la hubiese realizado Quentin Tarantino, autor del guion, en lugar de Tony Scott, el resultado hubiese sido otro. Seguro que no le faltaba razón, sin embargo, nunca se sabrá cómo habría sido en caso de ser dirigida por el director de Reservoir dogs (1991), a no ser que este realice un su propia versión, pero lo que sí se aprecia, sin ningún género de duda, son ciertos aspectos que señalan la presencia de Tarantino, como se descubre en diálogos que, con variantes, se repiten constantemente en la filmografía del director y guionista. ¿A quién se debe la escena del film, que enfrenta a dos actores de la talla de Christopher Walken y Dennis Hopper? De todo el conjunto es lo que más brilla, alcanzando una de las cotas más elevadas del mediocre cine de Tony Scott, quien permite que ambos actores se reten verbalmente antes de poner punto final a la entrevista. No obstante, Amor a quemarropa no es una película de Quentin Tarantino, sino una de Tony Scott, quien con su constante movimiento de cámara y cambio en los ángulos firmó lo que algunos consideraron una nueva Malas Tierras (Badlands, 1971), de la que tomaría la idea de dos jóvenes incomprendidos que realizan un viaje desesperado envuelto en una constante de violencia, pero dentro de los cánones hollywoodienses que la alejan del intimismo, desorientación y pesimismo de la película de Terrence Malick.


El amor surge entre dos seres solitarios e incomprendidos que se reconocen y se complementan, se trata de un amor a primera vista que será el detonante de una explosión de violencia que les perseguirá hasta el final del film. Juntos se sienten a gusto mientras charlan y comparten un trozo de pastel al finalizar la triple sesión de cine de artes marciales, quizá por ello no coja de sorpresa la inmediata (descabellada) propuesta de matrimonio que Clarence (
Christian Slater) realiza antes de que concluya una noche inolvidable, posiblemente la mejor que ambos hayan tenido en sus vidas. A Clarence no le importa la confesión que le hace Alabama (Patricia Arquette), en la que expone que ha sido contratada para alegrarle su cumpleaños, porque lo que verdaderamente le importa es esa mujer que desconoce y que se encuentra a su lado, y no su pasado o el oficio que realiza para un tipo peligroso y algo raro. Lo que no le deja indiferente es la existencia de Drexl Spivey (Gary Oldman), el protector de Alabama, un individuo que luce un gorro que ya le gustaría a un pitufo motero, quien a pesar de ser blanco se cree de color. Clarence reflexiona, manteniendo una conversación con una conciencia que cobra la forma distorsionada de Elvis Presley (Val Kilmer), su ídolo y su mentor, que le convence de la necesidad de cargarse a un tipo al que no puede permitir que exista en el mismo mundo que él. Decidido a zanjar el asunto, Clarence se acerca al local de Drexl, donde, tras un intenso intercambio dialéctico, la violencia se desata imitada por la cámara de Tony Scott, para mostrar la muerte de Drexl y la confusión que se produce antes de que Clarence recoja una maleta en la que tendría que estar la ropa de su reciente y alegre esposa. Sin embargo, el contenido que descubre cuando regresa a casa no tiene nada que ver con prendas de vestir, se trata de un material distinto, que cambiará por completo el rumbo de un matrimonio que tendrá que viajar desde Detroit a Los Ángeles, sin saber que son perseguidos por un grupo de peligrosos mafiosos.


Como apunté arriba, 
Amor a quemarropa presenta unos diálogos que no pueden negar su origen, conversaciones repletas de palabras mal sonantes, de violencia y de cuestiones tan simples como las que expone Clarence cuando habla de sus aficiones (cine, cómics o Elvis). Además, las escenas de acción se muestran con rápidas y algo confusas, pretendiendo ofrecer la sensación, sin lograrlo en muchas ocasiones, de ritmo vertiginoso, que se suaviza cuando asoman los variopintos personajes que deambulan por la luna de miel de los recién casados; tipos como: Drexl, Floyd (Brad Pitt), Vincenzo Cocotti (Christopher Walken), Virgil (James Gandolfini) o la exagerada pareja de policía formada por Nicky Dimes (Chris Penn) y Cody Nicholson (Tom Sizemore)). Y como toque final un cocktail de violencia que parece querer emular a algunos thrillers made in Hong Kong vistos por Tarantino, quien no desaprovecha oportunidad para meter sus gustos en sus películas, aunque sea con calzador.

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