Ir al contenido principal

Madame de... (1953)


Los pendientes de madame de... son testigo de un matrimonio que se miente, en el que la apariencia parece importar más que el amor. Esas mismas alhajas serán también testigo de la necesidad que ha obligado a Louise de... (Danielle Darrieux) a desprenderse de ellos, como también son testigo de la despedida que se produce entre el general André de... (Charles Boyer) y Lola (Lia Di Leo), su amante, a quien se los regala tras haberlos recuperado, como recuerdo de una historia de amor que debe finalizar. Lola los lucirá en sus orejas hasta que en Constantinopla debe deshacerse de ellos para pagar las deudas de juego; de ese modo, una vez más, cambian de manos y caen en poder del diplomático italiano Fabrizzo Donati (Vittorio De Sica), quien de regreso a Francia no tardará en enamorarse de Madame de...; finalizando un círculo que devuelven las joyas a su dueña original. Un gran Max Ophüls utilizó los pendientes como herramienta brillante y hermosa para presentar la evolución de los protagonistas que conforman un triángulo amoroso imposible, porque posiblemente ellos brillen por fuera igual que las joyas, pero no en su interior, donde los deseos y los sentimientos se entremezclan y se frustran sin saber muy bien hacia dónde se dirigen. Inicialmente, los pendientes parecen carecer de valor sentimental para madame de..., sin embargo, cuando los recupera tras sus encuentros con Frabrizzo Donati cobran un significado tan especial como el amor que parece unirles, un amor que no se llega a consumar, pero que crea una situación extraña entre ellos y el conde André de..., quien pasa de una aceptación forzada por la galantería y el buen humor para dejar paso a los celos y al afán por conservar su imagen y su matrimonio. La Louise que se muestra en el instante inicial de Madame de... se descubre coqueta, superficial y alejada de su marido, a quien la actitud de su esposa no parece importar demasiado. Él también la engaña, siguiendo el juego de mentiras que gira en torno a las alhajas y a su relación, ocultando a Louise que ha descubierto la venta secreta. No obstante, las joyas no son más que la excusa para realizar una sutil y elegante radiografía de la alta sociedad europea del siglo XIX, marcada por las apariencias y por los engaños, como se comprueba en los selectos ambientes en los que se descubre una constante de la falsedad; sin embargo, la vida de Louise cobra un nuevo rumbo cuando aparece Donati, un hombre que la ama y que se diferencia de los demás, porque resulta sincero y opuesto a su marido. Este hecho marca el comportamiento del conde, quien en principio tolera el coqueteo, porque lo ve como un juego inocente, uno más en su bella esposa, pero no tardará en comprender que existe algo más, y es ese algo distinto a las anteriores veces el que le irrita, una sensación de perder su posesión más preciada, una cuestión que no pretende permitir aunque para ello rete, ocultando el verdadero motivo, al barón Donati. De este modo, Madame de... se convierte en un triángulo trágico en el que se enfrentan las posturas de los dos hombres y la incapacidad para la elección de una dama que si bien ama al noble italiano, también parece amar a un esposo con el que ha mantenido una relación supuestamente fría y distante, en el que habían primado los aspectos externos que se descubren un mundo superficial recubierto de oro y brillantes, un mundo que empieza a carecer de sentido cuando tras recuperar los brillantes vuelve a perderlos, porque ha olvidado su valor tangible sustituyéndolo por uno simbólico que la sumen en la desesperación.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...