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Fresas salvajes (1957)



El viaje filmado por 
Ingmar Bergman en Fresas salvajes (Smultronstället, 1957) es un hermoso recorrido por la vida y su poesía, por la soledad y la tristeza, por sueños y realidades siempre en fuga, también por el temor al no tiempo que asoma su vacío y por la esperanza de la juventud que siempre se escapa. Es un viaje hacia el pasado, pues la voz que reflexiona llega de un presente que convierte el presente de las imágenes en un momento anterior que transforma el recorrido por carretera en el viaje por el alma y la memoria del protagonista, un tránsito que permite a Bergman plantear temas y fantasmas, y cuestionar sobre la existencia y la muerte, sobre las relaciones y las etapas de la vida, sobre las edades que ocupan el coche que conducen, según el turno, Isak Borg (Victor Sjöström) y su nuera Marianne (Ingrid Thulin). Pero es la inexistencia la que golpea al anciano protagonista interpretado por Sjöström —junto Mauritz Stiller, cineasta clave en el esplendor del cine mudo sueco— cuando sueña su propio entierro. Su soledad y la muerte se hacen cada día más palpables y quizá, solo quizá, este hombre derrotado por el tiempo —que asume en su sueño que ya no tiene agujas horarias ni horas para él— logre serenarse mientras rememora aquellas fresas salvajes esparcidas por el campo donde él y su familia pasaban aquellos veranos ajenos a los descubrimientos que se producen a lo largo de su peculiar recorrido por carretera.


Fresas salvajes
 transcurre durante una jornada que se convierte en eterna al evocar el recuerdo de un pasado lejano en el que Isak se cuela con su imagen actual (como años después emularía Woody Allen en Annie Hall) para descubrir una juventud que le ofrece la visión de su prima Sara (Bibi Andersson), la mujer a quien amaba y quien finalmente se casó con su hermano Sigfrid (Per Sjöstrand). Pero también se convierte en un día eterno porque todo lo acontecido ha sido escrito por Isak para no olvidar nada de lo ocurrido durante ese deambular por carretera que implica el viaje a lo más profundo de su alma. Fresas salvajes avanza entre la realidad y la conciencia onírica del anciano que ha despertado de un extraño sueño que le asusta, pero que también le convence para trasladarse en coche al lugar donde se va a celebrar su jubileo doctoral. ¿Por qué se ha decantado por el automóvil y no por el avión como pretende su ama de llaves, con quien convive desde hace cuarenta años? Una sombra se ha despertado con el sueño, un algo que le obliga a ganar tiempo para reflexionar sobre sí mismo y los lugares importantes de su pasado, como la casa de veraneo donde se juntaba toda la familia y donde podrá volver a ver a Sara, aquella muchacha que, con sus palabras, lo definía como superior y perfecto, características a las que se añade la frialdad cuando rememora la imagen de su esposa, muerta treinta años atrás en brazos de su amante. Isak se convence de que su primera experiencia onírica pretende decirle que está muerto a pesar de seguir con vida, sentencia de la que reniega cuando despierta, pero que no puede ni olvidar ni ocultar, pues el sueño ha desvelado su rostro en el del hombre a quien se iba a enterrar. Las extrañas imágenes, cercanas al expresionismo, impulsan a Isak a hablar desde el presente durante el cual escribe los hechos que narran un día extraño, que se inició antes de levantarse, mientras transcurría esa pesadilla a la que concede un significado que aún desconoce, o que todavía no acepta. El viaje por carretera le brinda la excusa para emprender otro recorrido, el que le posibilita romper muros de silencio, culpa, soledad, y acceder al alma humana en un trayecto sin retorno que le permite comprender cuestiones que había pasado por alto (su frialdad o su distanciamiento, quizá reflejo de una perfección imposible), como también había pasado por alto a aquellos que le rodeaban y le rodean, algo que se comprueba cuando contacta con las personas que irán subiendo a su automóvil, siendo Marianne, la primera que le hace comprender su egoísmo y el simbolismo del campo silvestre donde Sara recoge fresas salvajes en presencia de Sigfrid.

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