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Doce del patíbulo (1967)


Después de leer el primer guion de Doce del patíbulo (The Dirty Dozen, 1967) Robert Aldrich llamó al guionista Lukas Heller para reescribirlo y enfocarlo desde una perspectiva inexistente en el libreto de Nunnally Johnson, pues este no dejaba de ser una aventura bélica, simple e irregular, que nada tenía que ver con los intereses del responsable de La venganza de Ulzana (Ulzana's Raid, 1971). Con el nuevo enfoque, Aldrich pudo dar rienda suelta a su mirada subversiva, y lo hizo desde el entretenimiento y la rebeldía irreverente que potencia lo absurdo de la que guerra y cómo esta legitima la violencia de angelitos como "los doce sucios de Reisman". La perspectiva escogida por el cineasta provoca que el espectador simpatice con la docena de patibularios que el alto mando pone al servicio del mayor interpretado por Lee Marvin, y es así porque el responsable del film empleó a los convictos para sacar a relucir las carencias de oficiales que ceden sus responsabilidades a quienes consideran escoria, prescindibles y criminales, porque, en la comodidad de la retaguardia, se preguntarían ¿quién mejor que un grupo de condenados para enviar al matadero o, en el caso de los reos del film, a asesinar a los miembros del alto mando alemán que descansan en un castillo francés días antes de la invasión aliada? Esta claro que nadie confía en la orden recibida, sin embargo el general Worden (Ernest Borgnine), mucho más cercano a la postura de Reisman que el general Denton (Robert Webber), la lleva a cabo desde la comodidad de su despacho, desde donde delega su responsabilidad en el oficial más indisciplinado del ejército. La indisciplina de Reisman no es fruto del capricho de un hombre, nace de su manera de entender el medio y de su individualidad, mal vista dentro de un ámbito donde priman la incompetencia y el acatamiento de órdenes sin sentido. Su pensamiento individualista rechaza la misión, aunque nada puede hacer al respecto y asume llevar a cabo la idea que considera salida de la mente de un demente. Reisman es consciente de que para cada ocasión se presentan necesidades diferentes, también sabe que siempre se debe prestar atención a los soldados, cuestión que lo diferencia del coronel Breed (Robert Ryan), el oficial de manual que se convierte en el antagonista de los Wladislaw (Charles Bronson), Franko (John Cassavetes), Jefferson (Jim Brown), Pinkley (Donald Sutherland) y compañía de prescindibles que, sin nada que perder, aceptan ser utilizados para ejercer una violencia similar a la que les condenó a presidio y a la pena capital. Para ellos, la oportunidad que les ofrece el mayor solo es un paréntesis que les separa de cumplir sus sentencias, circunstancia que provoca que todos acepten participar, no por su patria ni por ganar la guerra, que poco les interesa, lo hacen por la remota posibilidad de salvar su cuello, aunque solo sea por un breve periodo. No obstante lo que encuentran fuera del presidio resulta más duro de lo esperado, sin piedad y sin comodidades, el mayor transforma la reunión campestre de chicos malos en el entrenamiento más duro que jamás hayan soportado. La primera parte de Doce del patíbulo se desarrolla durante este adiestramiento, porque la contienda se encuentra en ese espacio que ellos construyen con sus manos, porque su lucha es contra ellos mismos, contra su falta de disciplina y, sobre todo, contra el orden establecido, el cual rechazan desde el primer instante, lo que confirma a los patibularios como los únicos que se enfrentan a quienes los envían sin mayor distinción al patíbulo o al matadero. Así pues, la primera reacción de los soldados hacia Reisman es de repulsa, que se agudiza en el caso de Franko, cuya actitud se acerca al odio, pues se trata de un oficial y como tal no puede aceptarle, lo que genera enfrentamientos que afectan al grupo, aunque también marcan un acercamiento entre los miembros del imprevisible, tramposo y letal comando de ataque que el mayor moldea a su antojo. Antes de que la instrucción finalice se conocen las personalidades de los miembros del grupo, pero sobre todo se conoce al oficial, que decanta su postura hacia esos muchachos que conducirá a la muerte. Esta realidad le pasa desapercibida, como tampoco lo hace el esfuerzo realizado por sus hombres; por ello, la noche que finalizan el entrenamiento, les recompensa organizando una especie de baile de graduación, que ameniza con unas botellas de whisky y con la compañía de ocho señoritas contratadas para esa fiesta que a punto está de devolverles al patíbulo. Sin embargo, existe una manera para evitarlo: demostrar su preparación en unas maniobras en las que se deben enfrentar al coronel Breed. Hasta aquí se podría hablar de lo más divertido y subversivo de Doce del patíbulo, que en realidad abarca la práctica totalidad de la película, dejando para los últimos minutos la realización de una misión que consiste en asesinar a sangre fría a todo oficial alemán que se encuentre en la residencia de reposo que deben asaltar, demostrando que se han convertido en verdaderos asesinos bajo el amparo de un sistema militar ambiguo que primero los castiga por ejercer la violencia que posteriormente premia, cuando redunda en su beneficio.

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