Ir al contenido principal

Delitos y faltas (1989)



Un genial Woody Allen realiza en Delitos y faltas 
(Crimes and misdemeanors, 1989) una de sus películas más oscuras, debido a que en ella prevalece la idea de la culpabilidad, las diferencias y similitudes entre las personas (en este caso, centrada en dos parejas de hermanos y su entorno aburguesado), las relaciones insatisfechas, las elecciones morales que definen al ser humano, así como otras constantes, que se muestran desde una perspectiva más negra que en anteriores films del realizador neoyorquino, pero no por ello dejar de ser divertida. En Delitos y faltas narra varias historias paralelas, entre las que destacan la de Judah (Martin Landau) y la de Clifford Stern (Woody Allen), que se van relevando hasta que, finalmente, los personajes coinciden en una celebración. Judah, es un hombre marcado, sin él saberlo, por una educación religiosa de la que se cree liberado, pero que, sin embargo, resurge cuando comete un acto que le llena de culpabilidad y de remordimientos. Este crimen, realizado mediante la intervención de su hermano, Jack (Jerry Orbach), le consume. Teme ser descubierto, observado, y posiblemente, castigado. ¿El crimen se paga? ¿existe una justicia suprema que nos observa? Por momentos, siente la tentación, prácticamente la necesidad, de confesar su fechoría. Situación que resulta chocante si se compara con su comportamiento días atrás, cuando no se atrevía a confesar su infidelidad con Dolores (Anjelica Huston), algo que ni siquiera se considera delito. ¿Qué moralidad rige a un personaje que no se plantea exponer a Miriam (Claire Bloom), su esposa, su relación extra-marital y sí su implicación en un delito de sangre, que ha perpetrado para ocultar un escarceo amoroso ajeno al matrimonio?. Tras un tiempo marcado por la desesperación, no por lo que ha hecho sino por las posibles e indeseadas consecuencias, descubre que nada ha cambiado, incluso, su vida mejora. Se sabe a salvo, no hay castigo para su crimen y con ello su existencia retoma su cauce habitual. ¿Quién puede observarle? Acaso, si el ojo divino le estuviese mirando, ¿no sería castigado por su infamia? Por su parte, Clifford Stern es un soñador, una persona que para evadirse de su rutina y de sus problemas acude al cine, donde observa clásicos que le permiten pasar un rato ajeno a sus pensamientos y fracasos. Su matrimonio no funciona, su mujer y uno de sus cuñados, Lester (Alan Alda), le juzgan como un fracasado. Este ambicioso hermano político, a quien Cliff no aguanta, le ofrece la oportunidad de realizar un programa sobre su éxito, trabajo que Clifford acepta a regañadientes, porque necesita el dinero. Sin embargo, gracias a esta ingrata labor (simpática para el espectador), conoce a Halley (Mia Farrow), una mujer, tímida, inteligente y de gustos similares a los suyos, que le devuelve la ilusión y de la que se enamora, pero que parece estar y no estar a su alcance (bien porque estar casado no le permite dar el paso definitivo o bien porque ella no sabe muy bien lo que desea). "En la vida es muy difícil compaginar el corazón con la cabeza" le dice Clifford a su sobrina, tras salir del cine. De este modo se comprende que es un ser sensible, que no encuentra su lugar dentro del mundo en el que se mueve. Aborrece la prepotencia, encarnada en su cuñado (un personaje que se siente superior e irresistible, porque ha triunfado produciendo programas que para Clifford resultan auténticos bodrios). Admira la profundidad y la intelectualidad, representada en el profesor que protagoniza el documental que pretende extrenar algún día. Cuando el sabio se suicida, Cliff no comprende el por qué, ya que se trataba de un hombre que amaba la vida y que había pasado por crudas experiencias de las que había salido airoso. Acertadamente, Halley le dice: "Por muy elaborada que resulte la filosofía de uno, al final resulta incompleta".

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y que es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el barroquismo formal de  Snyder , quien parece sentir...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...