El sufrido narrador (Malcolm McDowell) inicia su relato enumerando sus aficiones, de las que no emite juicios morales porque es consciente de que surgen de su naturaleza, no del condicionamiento de su entorno, a cuya imparable deshumanización él responde desde la ultraviolencia, el sexo, la leche enriquecida y la música, sobre todo la del divino Ludwig van. Mediante sus palabras y la visión de sus actos se comprende que Alex no hace lo que hace por dinero —el cajón de su mesita de noche se encuentra repleto de relojes y billetes que no usa— ni porque alguien se lo ordene —es su propio jefe—, simplemente lo hace porque es su manera de expresar el sadismo que lo define y que no oculta en el interior de la casa donde golpea y viola mientras canta Singin' in the rain, aporte musical de Stanley Kubrick que no suena en la novela de Anthony Burguess, o cuando él y sus "drugos" vapulean al indigente que se cruza en su camino.
Como consecuencia, ya no tolera la violencia, ni el sexo ni la novena sinfonía de Ludwig van, que forman parte de su negación interna, paralela al rechazo externo que se convierte en su tónica diaria tras su puesta en libertad. Sus padres, siempre pasivos, le han sustituido por un inquilino que sería un modelo de conducta opuesto al Alex pre-Ludovico; sus "drugos", han dejado de serlo y se han asentado dentro del sistema que rechazaban, irónicamente trabajando como policías, pero sin abandonar la violencia que en ese momento legitima el uniforme, y que emplean para hundirle la cabeza en una fuente después de que el indigente al que había agredido en el pasado le devolviese sus atenciones. Alex completa su recorrido social cuando llega medio moribundo a la casa del escritor a quien condenó a permanecer en una silla de ruedas. Allí el literato le utiliza para atacar al gobierno, al que acusa de controlar y manipular a las masas. En ese momento el sufrido narrador actúa guiado por el condicionamiento que ha erradicado su capacidad de decidir, de aceptar sus emociones naturales y aquellas que surgen de su relación con el medio, el mismo entorno donde fue verdugo y también víctima, ambigüedad que resulta menos ambigua cuando se comprueba que sus víctimas también pueden ser verdugos, y aceptados por esas mismas normas que a él le despojan del ser.





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