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Cinema Paradiso (1987)


El planteamiento empleado por 
Giuseppe Tornatore en Cinema Paradiso guarda cierto paralelismo con el utilizado por John Ford en la soberbia, nostálgica y nada sensiblera El hombre que mató a Liberty Valance. Ambas se inician en un presente que informa de la muerte de un hombre, todavía desconocido para el espectador, que ha marcado la existencia del protagonista, hecho que se descubre durante los recuerdos (que prácticamente ocupan la totalidad del film), que les permite congraciarse con un presente donde se cierra parte de sus experiencias vitales, pero donde Ford desmitifica Tornatore mitifica y condiciona simpatías, apelando a las emociones que se intensifican con las notas musicales de la partitura de Ennio Morricone. La muerte de un ser querido provoca en Salvatore (Jacques Perrin) una mirada nostálgica a los instantes compartidos con esa persona que se marcha para siempre, pero que deja su impronta en aquellos que le sobreviven. Salvatore recuerda cuando la ilusión y la inocencia dominaban los días de su infancia, en plena posguerra de carestía, cuando el cine era el medio de evasión de la pequeña comunidad de Giancaldo, donde sus vecinos acudían al Paradiso para olvidar sus pesares y disfrutar con las historias en blanco y negro que Alfredo (Philippe Noiret) proyectaba y que el bueno del padre Adelfio (Leopoldo Trieste) censuraba, ordenando cortar las escenas más íntimas y románticas de las estrellas cinematográficas. En aquella sala Totó (Salvatore Cascio) accedía al mundo de los sueños, a la espera de poder adentrarse en los misterios que escondía la cabina desde donde Alfredo ejercía como operador. Para el pequeño, el adulto era lo más cercano a un héroe de celuloide; anhelaba su compañía, sus conocimientos y su amistad (con el paso del tiempo convertida en una relación paterno-filial), dentro de la cual escuchaba los consejos de un operador que empleaba frases extraídas de películas que le permitían filosofar sobre la vida. Y todo fue felicidad para Totó, hasta que un buen día el cine ardió y, a riesgo de su integridad, salvó a su amigo y mentor. Sin cine y sin proyector el rostro del pueblo se entristeció, consciente de que la pérdida significaba quedarse sin las imágenes en movimiento que les permitían viajar y fantasear. Aunque gracias a la fortuna de Ciccio Spaccifico (Enzo Cannavale) (vecino a quien le había tocado la quiniela), las puertas del cine Paradiso volvieron a abrirse para un público sediento de emociones, proyectadas en esta ocasión por Totó, el único aparte de Alfredo que sabía manejar la máquina.


Un salto en el tiempo, sitúa 
Cinema Paradiso en un segundo momento de Salvatore, cuando se recuerda a sí mismo como un joven adolescente (Marco Leonardi) que continúa trabajando en el Paradiso, adonde Alfredo, invidente desde el incendio, acude para ayudarle, escucharle y continuar aconsejándole. Con la adolescencia otras sensaciones cobran importancia en la vida del joven, y es el amor la que irrumpe con mayor fuerza al descubrir la belleza de Elena (Agnese Nano), de quien se enamora perdidamente a pesar de que esta afirme que no siente nada por él. Totó vive de la ilusión que se proyecta en la pantalla, por eso no desiste y por eso aguarda cada noche bajo la ventana de su amor no correspondido; y como si se tratase de una película un buen día se produce el milagro, pero la vida no es cine. La infancia y juventud de Salvatore, convertido en el presente en un prestigioso director de cine, se nutrieron de las películas de John Ford, Luchino ViscontiJean RenoirCharles Chaplin, Giuseppe de Santis, su tocayo el cómico Totó y mucho otros, pero sobre todo fueron influenciadas por la presencia de aquel hombre anónimo que siempre le aconsejaba y animaba a perseguir sus sueños. Cinema Paradiso rebosa emotividad, nostalgia, amor por el cine y por aquellos personajes que marcaron la infancia y la juventud de un Salvatore maduro que regresa a su pueblo para dar un último adiós a su viejo amigo y al cine donde pudo vivir una ilusión que en el presente se completa con las imágenes de aquellos besos que de pequeño no pudo ver.




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