En su primer western como director, Infierno de cobardes (High Plains Drifter, 1973), Clint Eastwood evidenció influencias de sus películas a las órdenes de Sergio Leone, pero, por encima de todo, ofreció una mirada madura y personal del género, una visión que también se observa en El fuera de la ley (The Outlaw Josey Wales, 1976), El jinete pálido (Pale Rider, 1985) y Sin perdón (Unforgiven, 1992), y, sobre todo, en sus protagonistas, quienes se presentan al espectador envueltos por un aura onírica-espectral que desvela la inquietud del cineasta por realizar su propia versión del oeste. En su interpretación del western no hay espacio para héroes, ya que estos son sustituidos por personajes desmitificados que semejan almas en pena que regresan de entre los muertos para luego desaparecer. Josey Wales recibe heridas mortales, aunque milagrosamente sobrevive para buscar una venganza que no le devolverá lo perdido, el jinete pálido se materializa de la nada, cual ángel exterminador que acude a la llamada de auxilio de una niña desesperada, y William Munny renace como el asesino que había enterrado años atrás, después de su primer encuentro con el sheriff interpretado por Gene Hackman. Esta similitud entre sus antihéroes, que parecen regresar del más allá, se inicia en el pistolero sin nombre que Clint Eastwood) interpreta en Infierno de cobardes, un jinete que surge de la nada para recordar a los habitantes de Lago el pasado que se oculta en la nocturnidad de sus hogares y de sus corazones, en los susurros que disimulan sus voces, en sus traiciones y en sus rostros, los cuales delatan su curiosidad, pero también su miedo. El forastero es rápido con el revólver, así lo comprueban los tres pistoleros contratados por la compañía minera que domina la ciudad cuando intentan acabar con él, mientras aguarda a que la temblorosa mano del barbero se calme e inicie un afeitado que no se consuma porque el desconocido ni duda ni muestra ninguna emoción antes y después de matar.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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