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El bombardeo Memphis Belle (1990)


Uno de los dos documentales que William Wyler realizó mientras formaba parte de la Fuerza Aérea Estadounidense, durante la Segunda Guerra Mundial, el más famoso de los suyos, seguía las andanzas del Memphis Belle. Se trataba de una película de propaganda rodada por el prestigioso director durante el conflicto bélico —de ese momento es su pérdida auditiva, debido a las bombas—, que sería exhibida en Estados Unidos y en ella se exaltaba la heroicidad de la tripulación, que no fue la primera de un B-17 en cumplir las veinticinco misiones con las que se ganaban el premio de regresar a casa. Más adelante, el número aumentaría a 30 y de ahí a 35, con lo que se abarataba el gasto en la preparación de otras tripulaciones, aunque la versión oficial sería algo así como que “se aumentaba el número porque los pilotos y los tripulantes eran expertos y eso acortaría la guerra. Lo que no se dice es la excepcionalidad que suponía salir indemne a esos números. Siempre queda leer a Joseph Heller y su Trampa 22 —que tuvo una versión cinematográfica bastante floja a cargo de Mike Nichols—, para hacerse otra idea del piloto en guerra, o a Kurt Vonnegut para hacérsela de la visión de quien es testigo y sobrevive en el matadero, bajo el lugar (Dresde) arrasado por las bombas. En todo caso, cada misión era como jugar a la ruleta rusa, pues existía la posibilidad real de no regresar, de morir o caer prisionero. Esta tripulación es la que inspira El bombardero Memphis Belle (Memphis Belle, 1990), un film que deambula entre el conferir cercanía a sus personajes, la exaltación y la necesidad de creer en héroes para la pantalla y la realidad, aunque en esta última hayan de serlo a la fuerza, superando miedos y las numerosas trabas que surgen por el camino de regreso a casa —en este lento y peligroso retorno al hogar la literatura mundial ya encuentra un ejemplo brillante y milenario en Odiseo—.


Inicialmente, parece que el enfoque de Michael Caton-Jones no será solo una hagiografía, al introducir la figura del coronel (John Lithgow) trasunto de Wyler, cuya hija, Catherine Wyler fue, junto al británico David Puttnan, coproductora de esta película que obviamente bebe del documental Memphis Belle (The Memphis Belle, 1944). Dicho oficial, destinado a la sección de propaganda, anuncia a la oficialidad de la fortaleza volante que, concluida su misión 25, regresarán al país e iniciarán una serie de giras, espectáculo y exhibición, por diferentes ciudades con el fin de animar a la población a comprar bonos de guerra, cuyo dinero se empleará para seguir sufragándola. Sin duda, toda guerra es de costo financiero (y humano) tan elevado que lograr una financiación privada y popular extra alivia las arcas del Estado. Así, la idea de la propaganda queda establecida —el tema que desarrollará con mayor complejidad Clint Eastwood en Banderas de nuestros padres (Flags Our Fathers, 2006)—, del mismo modo que también se concreta antes de la misión la sensación de que la tripulación forma una familia, la única posible en ese tiempo bélico fuera del hogar. Así se crean lazos inquebrantables, nacidos de la superación, del convivir veinticuatro horas diarias, semanas y meses en los que nada es seguro; solo la presencia de tu compañero, tu amigo, quien llora, sangra y sufre contigo. Esa familia, sabe que sobrevivir y el morir son las dos únicas posibilidades reales una vez abordo. La última misión, en la que se centra Caton-Jones, es sobre Alemania, Bremen, donde los músicos, lo que depara que sea más difícil y arriesgada que las anteriores, puesto que son más kilómetros continente adentro, lo que depara mayor tiempo de vuelo y, como consecuencia, aumenta la posibilidad de error y de más encuentros indeseados con la aviación enemiga. Claro que El bombardero Memphis Belle no es un film crítico, ni aborda motivos ni causas, tampoco plantea el por qué de las órdenes de oficiales como “Bombardero” Harris, que no distinguía entre los objetivos militares y los que fueron escogidos para aterrorizar (en una guerra psicológica que se cobró cientos de miles de vidas civiles) y que así la población presionase y se volviese contra Hitler y sus secuaces. En definitiva, siempre quedará el interrogante de si, quienes se consideraban los buenos (los aliados), hicieron buen uso de las miles de toneladas arrojadas sobre el continente, artefactos que no distinguían entre soldados y civiles, entre zonas militares y desmilitarizadas. Era la guerra y esta no sabe de éticas, y en ese punto el bando de los malos y de los buenos reduce sus distancias… Como decía uno de los personajes de Uno Rojo, división de choque (The Big Red One, Samuel Fuller, 1980), la única gloria, que finalmente importa, para el soldado (y el civil) que la vive es sobrevivirla. Ese es el único premio verdadero para quienes envían a matar y morir…

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