Ir al contenido principal

Boecio y el “consuelo de la filosofía”


Las ambiciones, la intolerancia, los fanatismos y los intereses políticos se llevaron por delante a muchos personajes ilustres y fundamentales en la evolución del pensamiento humano, desde Sócrates hasta Giordano Bruno, pasando por Boecio y Tomás Moro, pero sus obras han sobrevivido a sus detractores y por supuesto a quienes los condenaron. Todos ellos tenían en común que eran pensadores, y como tales daban por sentadas cuestiones que no son o no pueden demostrarse en el mundo físico, incluso quien expresó <<solo sé que no sé nada>> para indicar que sí sabía algo, aunque solo fuera eso lo sabido. Esta fue una de las genialidades de Sócrates, que nadie dudase de la mentira y la contradicción que encierran sus palabras hasta mucho tiempo después de que las pronunciase, si es que lo hizo alguna vez; otra sería no dejar nada escrito y lograr que su voz llegue hasta nuestros días. También brilló por su tolerancia y algunos le conocen por ser maestro de jóvenes como Platón y Jenofonte, así lo aseguran ambos en sus obras y por ellos conocemos una imagen suya. A su vez, el autor de El Banquete fue maestro de Boecio, aunque lo fue en la distancia, ya que vivieron en lugares y siglos diferentes. Quien fuera alumno de Sócrates se convirtió en maestro, entre otros de Aristóteles, y dejó parte de su pensamiento escrito en textos que, siglos después, el aristócrata romano conoció durante su formación juvenil. Boecio hizo suya la metafísica platónica; de igual modo se “apropió” del diálogo, preguntas y respuestas para explicar conceptos abstractos (mayéutica), en su Consuelo de la filosofía para expresar y desarrollar sus pensamientos, los de un hombre culto y, más extraño si cabe, nada fanático del siglo V y VI, encerrado y condenado a muerte, tras ser acusado de participar en un complot contra Teodorico, rey ostrogodo de Italia, de quien era ministro y amigo…



El rey se las veía con Justiniano, emperador de Bizancio, que prohibió el arrianismo, la religión del ostrogodo, con la clara intención de extender su poder más allá de su Imperio de Oriente, puesto que deseaba reunificar el Antiguo Imperio bajo su mando. En esa tesitura, Boecio es condenado a muerte y, a la espera de su decapitación o quizá esperanzado un indulto, dialoga con la Filosofía mientras fuera continúa el enfrentamiento entre dos monarcas en lucha. Con sus huesos en presidio, la mente del político, poeta y pensador voló más allá de cualquier prisión física y pudo desarrollar sus ideas con lucidez y dejarlas plasmadas en un texto que condicionó el pensamiento medieval posterior. Su aparente calma ante la proximidad de la muerte quizá encuentre explicación en su cristianismo, en la creencia de vida ulterior, y por ello razone sereno, lúcido, sin la furia y el temor que podría presentar la escritura de quien no cree en más vida que la que siente y se sabe condenado a muerte. Hoy, su pensamiento filosófico puede pasar por ingenuo, pero mantuvo vigencia hasta la filosofía tomista que implicó el triunfo de Aristóteles sobre Platón en la filosofía cristiana medieval. Aunque no esté a la altura de estos dos filósofos de la Antiguedad, Boecio fue grande, el último de los grandes pensadores romanos y quizá el primer filósofo cristiano ajeno a fanatismos. Esto no es consuelo para un hombre con las horas contadas, que contempla y reflexiona en cautiverio, cuando ya no es un sujeto de acción, sino uno en pausa y en espera. <<La pasividad corporal precede a la actividad mental, tal pasividad estimula la actividad mental y despierta las formas dormidas en el alma>>. Ese instante de pasividad por él aludido le permite reflexionar y plantear su pensamiento, que, como tantos pensadores, asume válido para explicarse todo cuanto se plantea. Y ahí aparece su pequeña trampa, inconsciente quizá, pero tomada del diálogo que encuentra respuestas a las cuestiones, porque sabe cuáles son las preguntas. De cualquier manera, sus reflexiones son interesantes y fáciles de comprender. No es un filósofo que busque complicarse, sino explicarse y apaciguarse como individuo, ante su cara a cara con el final cercano. Es entonces cuando surge su Consuelo de la filosofía, su obra clave y un ejercicio filosófico de primer orden en su momento e interesante para el actual, aunque se trate de un pensamiento superado por la filosofía moderna. Esto también le sucedió a Platón, Aristóteles, Seneca y otros, y no por ello se les resta importancia, al contrario, fueron fundamentales en el devenir del pensamiento, en sus logros y en sus fracasos. Boecio dialoga con la Filosofía a quien venera y trata de <<maestra de todas las virtudes>>, aunque en realidad dialoga consigo mismo y reflexiona sobre la felicidad, la condición humana, el alma y la divinidad, y concluye, entre otras, que <<todo lo conocido es comprendido no de acuerdo con su propia naturaleza, sino de acuerdo con la capacidad de conocer de quien conoce>>.




Comentarios

  1. Esa claridad o resplandor filosófico (divino para algunos) que le hizo serenarse en medio de la adversidad que provoca una segura muerte y por ende el cese de toda actividad vital, nos deja subordinados a el principio Socrático llevado hasta el extremo de que hasta en esos instantes debemos dedicarnos a pensar. Y a tratar de mejorar a través del pensamiento y la reflexión, me resulta tan elocuente y acaso hermanado con formas orientales más que occidentales. Acaso uno de los principios del samurái no era no temerle al paso final sino adaptarse a ese momento y tomarlo con la tranquilidad de las olas veraniegas sobre las arenas resplandecientes. Esto requiere si, de un entrenamiento de desposesión de todo lo material, porque para unirnos con el cosmos tenemos que olvidarnos de nuestra propia existencia.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Espléndida reflexión, Marcelo. Y ahora que lo dices, veo el parecido con el camino hacia el equilibrio y la paz interiores buscadas por el samurái. Gracias por compartirla.

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...