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La guerra sin nombre (1992)


Hubo quien llamó a la guerra de Argelia (1954-1962) pacificación, quizá por qué “acción de llevar paz” sonaba mejor, pero como apunta La guerra sin nombre (La guerre sans nom, 1992), mediante los testimonios de los veteranos franceses entrevistados por Bertrand Tavernier, el conflicto franco-argelino fue una guerra de independencia, para unos, y de orden y reconquista, para otros. Según apunta Tavernier hacía el final de su documental, hubo 24.000 soldados franceses muertos y miles de heridos, sin contar las bajas rivales, ya que en el film, centrado en la memoria francesa que el cineasta desea recuperar para enfrentar el presente a los fantasmas del pasado nacional, no se detallan cifras de militares y civiles argelinos, aunque el FLN y ELN no formasen parte de un ejército reconocido, al no ser reconocida la soberanía de Argelia, soberanía que alcanzó oficialmente el 19 de marzo de 1962. Por entonces, los cineastas franceses no abordaban el tema, aunque Godard sí lo toca de forma tangencial en El soldadito (Le petit soldat, 1960), y ya una vez independizada Argelia, el italiano Gillo Pontecorvo lo tocó de lleno en la mítica y urbana La batalla de Argel (La battaglia de Algeri, 1965). Tres décadas después de la independencia, Bertrand Tavernier realizó La guerra sin nombre, cuyas cuatro horas de duración le permiten abordar varios temas del conflicto (el reclutamiento, las bajas, los prisioneros y los métodos de tortura, la distancia de familia, la objeción de conciencia, la juventud perdida, las secuelas o el olvido) desde el testimonio de antiguos soldados franceses que participaron en él. Su resultado es un excelente documento de memoria histórica y humana que apunta como el silencio rodeó aquel conflicto armado que puso fin al imperialismo francés, dando la oportunidad a sus protagonistas para que hablen de sus experiencias y expresen sus emociones y sus sentimientos; algunos con orgullo, otros, arrepentidos.



El olvido de la derrota, el olvido de quienes fueron reclutados o se presentaron voluntarios, el olvido de un momento histórico del que los entrevistados fueron testigos y protagonistas. Pero ¿por qué el silencio? Dicen que la derrota no es un plato de buen gusto, y a los franceses que les encanta la cocina no les gusta que les recuerden las derrotas. Gosciny y Uderzo ironizan sobre ello en su Astérix, cuando se nombra la batalla de Alexia, en la que los galos fueron derrotados por César, y ningún galo sabe la ubicación del lugar, más bien muestran su enojo al ser cuestionados por el emplazamiento que les recuerda la derrota que ningún bravo desea reconocer. Les hiere el orgullo nacional, de ahí que prefieran olvidar Alexia. Algo similar puede decirse de Argelia, perdida la colonia, se convirtió en tema tabú, aunque ya lo era durante el conflicto. A los franceses les gusta más hablar de la resistencia durante la guerra, que del colaboracionismo; igual que prefieren la nostalgia de un film como Indochina (Indochine, Régis Wargnier, 1991) que una reconstrucción como Diên Biên Phú (Pierre Schoendoerffer, 1992). Pero esto no solo es de su exclusiva, lo es de todas partes, pues resulta más fácil velar errores y derrotas que reconocerlas, reflexionarlas y encararlas. También es más agradable recordar heroicidades que heridas, pero Tavernier no quiere nada de eso, quiere conocer, comprender y reconocer. Para lograrlo, da voz a quienes se mantuvieron en silencio durante los treinta años que separan el fin de la contienda del presente en el que se ruedan las entrevistas y las tertulias que se centran en esa guerra sin nombre, pero una guerra que duró ocho años (1954-1962) en las montañas y ciudades argelinas. Insurrección, represión, terrorismo, guerrillas, atentados y manifestaciones urbanas, torturas por ambos bandos, reclutamiento de naturales argelinos por parte del ejército francés o deserciones, son algunas de las situaciones vividas durante esos años y que Tavernier explica sin mostrar imágenes cinematográficas de archivo ni reconstruirlas, solo precisa la cercanía y la sinceridad de las de las entrevistas y de los espacios en el presente. Como había hecho Claude Lanzmann en Shoah (1985), el realizador de La vida y nada más (La vie et rien d’autre, 1989) habla del pasado desde la memoria y la evocación. Dice que las únicas imágenes del instante que emplearán son las fotografías sobre el terreno de los veteranos que se convierten en la memoria de un país y de un conflicto; quizá por ello decidiese prescindir del testimonio de oficiales de alto rango y de políticos —algo así como prescindir de la versión oficial y quedarse con la versión humana, la que realmente le interesa, la que le permite sentarse cara a cara con hombres que recuerdan su juventud en un conflicto en el que dejaron de ser jóvenes.




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