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Fragmentos de nada: Café “de pota”


No me avergüenza no ser un estudiante aplicado. Más bien soy vago y ladrón, pues robo al sueño y a los estudios horas que dedico a jugar en compañía y a fantasear en una soledad en la que nunca me siento solo. Supongo que habrá quien desea ser el primero de la clase, modelo a imitar y líder a seguir. Me es indiferente; prefiero caminar sin rumbo fijo y tropezar en esa piedra donde vuelvo a caer. Apruebo sin esfuerzo, sin chuletas ni cambiazos; sin que me importen los resultados y sin dedicarle tiempo al estudio. Las matemáticas me parecen un juego. La geografía me gusta y la historia es el cuento que descubro en la imaginación y en películas emitidas en aquella vieja tele en blanco y negro que los años transforman en color. Crezco natural, alto y ancho. Suspendo, sin aditivos; y sin desaliento, repito el curso que presume su falsa orientación universitaria. Pero algo no cambia durante ese trayecto. Me gusta imaginar que voy por libre y que el resto haga lo que guste hacer mientras sus intenciones no entren en conflicto con las mías, o traten de imponerse coaccionando, amenazando o empleando la fuerza bruta. Acaso ¿no sería hipócrita querer imponer a otros lo que no quiero impuesto para mí?


Hay mezcla de rebeldía, ceguera y capricho infantil en mi manera de interpretarme entonces, quizá intuya que algún día Voltaire me habla de la intolerancia y Stuart Mill de la libertad. Veo a Chaplin caminar a contracorriente en Tiempos modernos (Modern Times, 1936), en lucha con el maquinismo que intenta devorarle y huyendo de la deshumanización que se impone para hacernos herramientas, números y realidades no pensantes e insensibles. Por entonces no reparo en esa faceta humanista de Charlot, disfruto El señor de las moscas e ignoro si Ende miente. Cierro su historia antes de comprobar si tiene fin, y todavía no tengo noticias de Gurb ni de Cándido ni de quien escribe que <<la única parte de la conducta de alguien por la que se le puede reclamar en sociedad es la que concierne a otros. En aquella parte que le concierne solo a él, su independencia es, por derecho, absoluta. El individuo es soberano sobre sí mismo, su cuerpo y su mente.>> (Stuart Mill) De todo esto sé tiempo después. Y aunque las quiero ciertas, dudo de las palabras del liberal inglés. Sospecho que su afirmación no puede abandonar la idea y alcanzar el hecho debido a las cadenas visibles e invisibles que imposibilitan al individuo ser <<soberano sobre sí mismo, su cuerpo y su mente>>. No sé, pero no creo oportuno reflexionar ahora sobre aquella infancia y adolescencia ni acerca de la sana costumbre de mandar a paseo cuanto me suene a imposición.


Todavía hoy sigo rechazando el “sonido” que se impone, sea escrito u oral. Hay algo en ciertos tonos de voz y de escritura que delatan intolerancia y apuntan mandato. Suelen ser sentencias poderosas, vibrantes de timbre, censuradoras, sin explicaciones ni razones que acompañen sus exclamaciones y absolutos, sus qué y qué no se puede decir, pensar o hacer. Dudo que una voz así sea peligrosa —el verdadero peligro suele permanecer oculto y en silencio hasta que nos cae encima o cuando a esa voz se une un coro de intolerancia y cantan irracionalidad y sinrazón— o que tenga más motivación que la necesidad de intervenir para imponerse o desprenderse de su sensación de inferioridad, quizá sientan unas ganas locas de recibir palmadas a costa de otros, pero cualquiera de estas suposiciones ya es especular y no me interesa, ni tampoco pretendo analizar los oscuros motivos que encierra los diferentes tipos de censura. De esto se han encargado otros, y de forma brillante. Pienso en Orwell, en su granja y aquel 1948 que llamó 1984, en la lucidez que reflexiona y relaciona el lenguaje, la historia, su adulteración, el pensamiento, su control y la censura. De él y de más aprendí que no hay que censurar las palabras chillonas, basta con no imitarlas ni caer en su necedad de acallar o avasallar opiniones que disientan, sino alentarlas. Todavía imagino a Totò, a Charlot y a mi tío Hulot, en aquella vieja cafetería donde jugábamos al tute, mientras bebíamos aquel café “de pota” que alargamos para pasar la tarde entera en la que alentábamos a las ideas a que floreciesen sin miedo. Gusten, disgusten, acierten o yerren como las propias —intervino una de las chicas que acababa de entrar, justo en el momento en el genial vagabundo robaba dos panecillos de la mesa de al lado—, las ideas tienen derecho a su imperfección, sujetas como están a la tragicómica y necesaria falibilidad humana. Cierto, pensé, todas ellas son legítimas, como tan legitimo es que dialoguen entre ellas, rivalicen, se enfaden con otras y consigo mismas, se disculpen, vuelvan sobre ellas, se complementen o se echen por tierra, si otras convencen con sus argumentos, no con letras, puños y voces censoras…


*John Stuart Mill: “De la libertad”

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