lunes, 20 de junio de 2022

Julio Camba, periodista de mundo


Vilanova de Arousa vio nacer a Julio Camba, pero tampoco vayan a creer que la localidad pontevedresa prestó demasiada atención a su alumbramiento aquel lluvioso martes 16 de diciembre de 1884. Para el pueblo, con su cacique, su maestro, su comadrona, su tonto y su listo, que solían ser el mismo iluso, sus casas, su iglesia, su atrio, su fuente y su mar dormido, que apenas despertaba para susurrar su ir y venir y su volver a caer rendido, aquel nacimiento no difería del de cualquier hijo de vecina y vecino, pues entonces se necesitaba a ambos para convencer a la cigüeña, ni merecía la atención del cura, ocupado como estaba en investigar el cepillo y en preparar la natividad anunciada para la semana siguiente. Si aún fuera de otro pueblo, trajese el tan necesitado pan encima y debajo de una carreta o si su madre no hubiese delatado su llegada barriga en grito, ni su padre presumiese su próxima paternidad al único viento del lugar, conocido como correveidile, la venida al mundo del pequeño Julio podría haber sorprendido y ser declarada fiesta local. Pero, no. Después de nueve meses anunciando su cada vez más cercano estreno, los primeros llantos de aquel bebé Camba no resultaban más curiosos que los lloros del resto de vecinos. Mas cuanto se equivocaron las piedras de Vilanova en su indiferencia. No era la primera vez que la villa marinera cometía un error de apreciación. Sin ir más lejos, pues parecía que siempre estaba allí al lado, el agua salada que bañaba las playa do Terrón y la de As Sinas recordaba al pueblo que ya Valle-Inclán había salido diferente. Las suaves ondas marinas lo evocaban cuando de niño pisaba su larga barba blanca. La pisaba con tanta frecuencia que aprendió a recogerla con la sabiduría de quien gustaba lucirla con bohemia, la que se le reconoce de adulto. Pero Camba no era el autor de El ruedo ibérico ni podría presumir del esperpento de su paisano. Más bien era alguien dispuesto a recorrer miles de rúas, calles, bulevares, streets, strassen para conocer a gentes de varios lares y entrar en restaurantes donde, según fuese cocina inglesa, francesa o alemana, verse en la obligación de comer o darse gusto culinario. Puede ser que su afición al viaje se debiera a que en España, recuerda, no se comía. De cualquier forma, acabó convirtiéndose en un viajero y en un hombre de mundo; aunque ya era ambos incluso antes de salir de casa, según algunas lenguas, a sus trece años cuando paseó Buenos Aires. Si se dejó caer por allí después de subir a un barco o si viajó sin prisa y en diligencia, como había hecho hasta Cambados, no lo sabemos. Después de andar por las cercanías de su pueblo natal se decidió a ir un poco más allá y, sin saber muy bien cómo, se convirtió en un periodista original que prefería las camas francesas a las inglesas, solo aptas para dormir y para abandonarlas tan pronto se produjese el despertar, y a quien le gustaba tanto el vestir bien como el buen comer. Viviese en Madrid, Estambul, Londres, París, Berlín o Nueva York, su personal interpretación de la realidad que observaba y el periodismo que practicaba hicieron de él uno de los más reconocidos y admirados de la profesión. En su escritura combinaba hechos, actualidad, reflexión, ironía y humor, lo cual daba una novedosa mezcla que llamó la atención y abría un nuevo camino para el periodismo y el humorismo que lo conecta con los miembros de la otra generación del 27, quienes reconocieron en Camba a una de sus influencias inmediatas; las otras: Wenceslao Fernández Flórez y Ramón González de la Serna.



2 comentarios:

  1. Uno de mis escritores preferidos, poseedor de un estilo tan original como lúcido.

    Saludos.

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    1. ¡Buen gusto, Juan! Su estilo es como dices: original y lúcido; fluido, irónico y fácil de digerir. Personalmente, su lectura me sabe bien.

      Saludos.

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