miércoles, 15 de junio de 2022

Nietzsche: “posibles” e “imposibles”


Una de las cuestiones a valorar de la obra de Nietzsche es su franqueza a la hora de expresar sus gustos y sus disgustos, con los que se puede estar o no de acuerdo. También es cierto que, como pensador, tenía su pensamiento en alta estima, aunque en esto no difiere de las grandes mentes que le precedieron (y otras que le siguieron), algunas de las cuales aparecen citadas entre sus “imposibles” en El crepúsculo de los ídolos, o quizá mejor decir entre sus insoportables. Pero lo cierto es que cualquier pensamiento nace amenazado por su falibilidad en su confrontación con los diferentes aspectos prácticos de la propia existencia de quienes los piensan, más si cabe cuando tratamos de generalizarlos y se descubre la trampa o su imperfección —vanamente, intentamos justificar o ajustar la explicación o, si la evidencia es tal, nada podemos hacer salvo descartar o replantear las ideas a las que habíamos dado validez teórica. No obstante, y esto sí es una verdad incuestionable —sin ir más lejos, se demuestra cuando se intenta rebatir más allá de la negación simple—, las ideas resultan fundamentales para establecer puntos de partida y de contacto que dialoguen, duden, rebatan o amplíen los pensamientos anteriores y abran nuevas vías que transitar, aunque esto implique echar abajo “ídolos”. Nietzsche lo hizo, con cabeza (que no a cabezazos), y por eso es una de las grandes mentes pensantes de la historia y de la cultura que también fueron desarrollando Seneca, Rousseau, Schiller, Dante, Kant, Victor Hugo, Liszt, George Sand, Michelet, Carlyle, Stuart Mill o Zola, entre otros “imposibles” del autor de Así habló Zarathustra.


No obstante, quien escribe de Rousseau <<ese primer hombre moderno, idealista y “canaille” en una sola persona; que tenía necesidad de la “dignidad” moral para soportar su propio aspecto; enfermo de una vanidad desenfrenada y de un autodesprecio desenfrenado>>, no duda en mostrar su admiración por Dostoievski, a quien define como <<uno de los más bellos golpes de suerte de mi vida, aún más que el descubrimiento de Stendhal>>, corroborando de este modo que también el autor de La cartuja de Parma era uno de sus “posibles”. Aunque, quizá, a quien tenía en mayor estima fuese a Goethe, a quien sitúa a un nivel supranacional: <<un acontecimiento no alemán, sino un acontecimiento europeo: un intento grandioso de superar el siglo XVIII mediante una vuelta a la naturaleza, mediante un ascenso hasta la naturalidad del Renacimiento, una especie de autosuperación por parte de aquel siglo>>. A continuación, explica que <<Goethe llevaba dentro de sí los instintos más fuertes de él: la sentimentalidad, la idolatría de la naturaleza, el carácter antihistórico, idealista, irreal y revolucionario (este último es solo una forma del carácter irreal)>>. La definición habla de un carácter romántico, no en vano Goethe es el máximo ejemplo del Romanticismo alemán del XVIII, aunque para el responsable de Más allá del bien y del mal <<fue un realista convencido>>, y estaba influenciado por las nuevas formas de Rousseau —más subjetivas y libres—, aunque, de dar validez a la afirmación de Nietzsche respecto al autor de Fausto, se podría decir que fue ejemplo magistral de sus  “posibles” y del Romanticismo europeo dieciochesco.


Entrecomillado: El crepúsculo de los ídolos (traducción Andrés Sánchez Pascual). Alianza Editorial, Madrid, 2013.

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