Hay títulos que me llevan a engaño por razones subjetivas, concretamente emotivas en el caso de Costa da Morte (2013). Más correcto sería decir que me engaño al leerlo y me desengaño cuando veo que sus imágenes nada tienen que ver con la evocación que despertó en mí. Pero lo cierto es que no se trata de qué película quiero yo, sino de la que realiza el autor. Es su obra y la ofrece para que el público la valore y la sienta según aquellas emociones y sensaciones que despierte su visionado. La primera impresión que me generó esta experiencia audiovisual contemplativa fue algo así como decirme que, “aunque conozcas los lugares que asoman en la pantalla, no reconoces en ellos los espacios a los que asocias la Costa da Morte”. Los del audiovisual de Loís Patiño son el monte Pindo, en Carnota, y también el entorno costero que va de Fisterra a Malpica de Bergantiños o viceversa. Los conozco, mas no son los mismos. Patiño, nacido en Vigo, en la ría más meridional de Galicia, totalmente distinta a la costa aquí protagonista, se traslada a esa franja costera coruñesa y muestra una visión personal del espacio que contempla, sea el Pindo, la ría de Camariñas o la roca donde los “percebeiros” realizan su peligrosa captura en las aguas de Corme. Así, entre situaciones que conozco en la infancia, descubro otras que desconozco de niño y de joven de “mi Costa”, aquella que idealizo año tras año. Veo en las imágenes de la película caballos salvajes, “marisqueiras” a la captura de almejas en la ría de Camariñas, la procesión marítima del Carmen y todo y nada que pertenezca a mis espacios reales e imaginarios. Laxe, Ponteceso, Malpica, donde al mirar el mar abierto nunca observo bateas —en Corme instalaron unas experimentales en 2000, que cerraron apenas siete años después— que sí descubro más al sur, no las reconozco en las imágenes de Patiño. Las de su película no me transportan al litoral que evoco, de veranos alegres e inviernos duros y tristes en los que el llanto era una realidad. Me llevan a otro espacio vital, el suyo, donde inicialmente me siento perdido, invadido por una soledad en la que solo siento familiar la niebla que envuelve el plano general del monte donde varios hombres talan árboles. Esa niebla que se pega al suelo gallego, y que le cuesta alejarse de él, se iguala a mi rechazo del que me cuesta desprenderme ante una sucesión de momentos en los que reconozco que el cineasta vigués pretende y busca su poesía, estableciendo una relación entre lo que prepara y lo que espera, entre la tierra y el mar, en la presencia de la vida y la sombra de la muerte.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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