Ir al contenido principal

El niño (2014)


Existe un nutrido grupo de películas fronterizas, westerns, dramas y policíacos, que acercan y distancia dos espacios, separados por una línea imaginaria, por una cadena montañosa, por un estrecho o un canal marítimo o por un río Grande. Tanto las marcas físicas como las políticas marcan los límites territoriales, pero, sobre todo, en el caso de los films fronterizos establece una separación entre dos sociedades y dos modos de vida, entre el bienestar y su promesa. En España, el cine fronterizo no suele ser objeto de atención, y de serlo mira hacia el otro lado de los Pirineos. Mira hacia Europa. Menos frecuente, aunque de unos años a esta parte la tendencia parece estar cambiando, el cine español mira hacia África. Recuerdo que Imanol Uribe lo hizo en Bwana (1996) y Montxo Armendariz en Las cartas de Alou (1990), ambas ambientadas en la costa andaluza y centrada en los prejuicios de la sociedad española hacia los emigrantes subsaharianos. Más recientemente los dramas como Adú (Salvador Calvo, 2020) o El cuaderno de Sara (Norberto López Amado, 2018) viajan al continente africano para desarrollar sus historias, aunque este último no es un film fronterizo, como sí lo es la película de Calvo en la parte que dedica a Melilla y su muro. Y también en un policiaco como El niño (2014), en la que Daniel Monzón confirmaba su buen manejo para la acción y la tensión narrativa sin salirse de las pautas marcadas por el cine de acción y del thriller hollywoodiense. Escribo confirmaba porque ya en Celda 211 (2009) su narrativa alcanza un grado de intensidad que atrapa al espectador junto a los presidiarios. Pero donde la acción se desarrollaba en un espacio cerrado, un correccional, en esta otra las dos historias: la del “niño” (Jesús Castro) y la Jesús (Luis Tosar), el policía empeñado en desarticular una red de narcos, se entrecruzan en un espacio abierto, de tránsito, donde también se cruzan varias culturas y mundos.


Más que el dinero fácil, con el que sueñan sus compinches, el niño encuentra en el riesgo su oportunidad de no aburrirse. Huir de la rutina y la ausencia de expectativas, que le rodea y amenaza, es su mayor motivación, hasta la aparición de Amira (
Mariam Bachir), quizá no tenga ninguna, salvo soñar con la libertad. Por su parte, el agente tiene entre ceja y ceja desmantelar la organización de narcotráfico —lleva dos años trabajando en ello— para la que trabaja el inglés (Ian McShane) a quien sigue en Gibraltar. No son tan diferentes, el “niño” y Jesús se arriesgan porque ambos son mitad idealistas mitad víctimas de su empeño. Ambos quieren cambiar sus respectivos mundos, en pequeña escala el muchacho, a mayor escala el policía. Sin embargo, ni uno ni otro cambiarán nada en el orden de las cosas. No pueden y eso quizá es lo que saben y callan, es lo que les mantiene en todo momento contra el orden que sigue el resto. Pero El niño no se detiene en analizar a sus personajes, ni el entorno por donde se mueven. Toma el espacio fronterizo, la emigración, el narcotrafico y la imposibilidad de la pareja de policías, interpretada por Tosar y Bárbara Lennie, para crear un film donde la acción es lo primero, aunque con el acierto de pausas para desarrollar, aunque sea de manera escueta, los personajes y sus relaciones personales —niño, el Compi (Jesús Carroza) y Halil (Saed Chatiby), por un lado; y la de Jesús y Sergio (Eduard Fernández), por otro— y sus situaciones en sus respectivos trabajos, también fronterizos: a uno y a otro lado de la ley.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...