Ir al contenido principal

Relato criminal (1949)


La precisión del lenguaje cinematográfico de 
Joseph H. Lewis rehuye de artificios para centrarse en los hechos que se detallan en películas como Relato criminal (The Undercover Man, 1949), un excelente ejercicio narrativo que documenta el trabajo de un agente del tesoro desde su cotidianidad laboral, en la cual se descubren sus pesares, las trabas a las que se enfrenta o su plena dedicación a una labor desagradecida que lo aparta de su vida personal, que en el caso de Warren (Glenn Ford) alcanza cotas máximas al entregarse al cien por cien a la caza de un gángster que controla la ciudad gracias al soborno, a la extorsión y al asesinato. Por lo que se percibe de ese gángster, a quien no se ve en pantalla, bien podría tener su inspiración en la figura de Al Capone, incluso el agente especial Frank Warren podría ser un ancestro del Eliot Ness de Los intocables, aunque desde una perspectiva más realista que la presentada en la serie o en el film de Brian De Palma, ya que se trata de un contable que basa su trabajo en el estudio de los libros o en las cuentas.


En 
Relato criminal cobra gran relevancia la cotidianidad a la que se enfrenta el trío de agentes del tesoro: sus horas estudiando los libros de cuentas confiscados, su distanciamiento de la vida personal o la dura realidad que descubren al enfrentarse a un sistema con el que chocan, debido al control ejercido por ese jefe del hampa que se define desde las palabras de su abogado (Barry Kelley) o desde los sucesos que dificultan el trabajo de Warren y los suyos. Al comienzo del film se observa a Frank y a Judith (Nina Foch) en una estación de tren donde se comprende que su relación depende de las circunstancias que rodean al trabajo del federal, siendo la esposa una mujer resignada a aceptar su posición secundaria en las prioridades de un individuo que se involucra por entero en su investigación. No obstante Judith se calla sus posibles reproches, asumiendo su condición como parte de su amor hacia su esposo, quien inocentemente espera realizar su cometido en la mayor brevedad posible para regresar a su lado; aunque no tarda en sufrir su primer revés cuando el hombre que le iba a entregar las pruebas es asesinado. Así pues, se encuentra como estaba al principio, sin nada tangible que poder presentar ante un tribunal, ni siquiera puede contar con las declaraciones de los testigos presenciales del homicidio, silenciados ante el temor de posibles represalias. Ese miedo que se percibe en los individuos de la sala de reconocimiento también parece alcanzar a miembros de la policía como el sargento Shannon (John F.Hamilton), en quien se descubre la resignación y la aceptación de una realidad dominada por la corrupción y el poder del hampa. Sin embargo ese mismo sargento, en un gesto final, pone a Warren tras la pista de Rocco (Anthony Caruso), uno de los contables del jefazo. Lo mejor de la película de Joseph H.Lewis se encuentra en su precisión narrativa, que permite economizar el tiempo y presentar alternativas ingeniosas para dar información casi documental sobre los aspectos laborales que rodean a los tres contables que pretenden llevar al criminal ante la justicia. Gracias a esa minuciosa exposición se pueden descubrir cuestiones como el terror que el hampa emplea para controlar el entorno, la corrupción o el tiempo que los agentes del tesoro dedican a una labor que parece no obtener recompensa, ni en los primeros seis meses de investigación (el arrebato de desesperación en el agente Pappas (James Withmore) informa del paso del semestre) ni en los siguientes seis (tiempo que transcurre entre las dos visitas de Warren al hogar de Rocco).

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...