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Corazones de hierro (1989)


El mismo año a que Brian de Palma presentaba a concurso en Berlín Dionysus in’69 (1969), Michael Verhoeven hacia lo propio con O. K. (1970), un film ambientado en la guerra de Vietnam y que planteaba en su metraje los abusos y la violación sufrida por una joven vietnamita a manos de varios soldados estadounidenses. De Palma debió tomar buena nota de aquella historia que apareció publicada en el New Yorker en 1969 y que inspiró la película de Verhoeven que llevó al jurado a interrumpir su proyección. La decisión generó polémica, sobre todo en quienes comprendieron la acción como una censura y que está, como toda prohibición de expresar disconformidad, atentaba contra la libertad de expresión. Lo tratado por Verhoeven en O. K. era similar a lo que De Palma, pues este también expone aquel crimen —que Daniel Lang detalla en su libro— en Corazones de hierro (Casualties of War 1989), con la diferencia de que en el entonces de 1970 la guerra de Vietnam todavía era una realidad; mientras que en 1989, su recuerdo, empezaba ser historia. La guerra en su conjunto suma miedo, horror, locura, irracionalidad, destrucción de cuerpos y almas, hambre, muerte, pero también se compone de actos heroicos y de salvajismos individuales como el que se desencadena en Corazones de hierro, la primera incursión en el ámbito militar de Brian de Palma, posteriormente volvería sobre el tema en Redacted (2007), en la que incidió en un hecho similar al desarrollado en esta película sobre el irracional humano y la guerra de Vietnam.


La cercanía de la muerte no justifica las actuaciones de los soldados, aunque sí marca sus comportamientos, cuestión que el soldado Eriksson (
Michael J. Fox) empieza a comprender la noche anterior a una rutinaria misión de patrulla. El sargento Meserve (Sean Penn) informa a su grupo de las órdenes recibidas, para poco después indicarles que antes de patrullar la zona señalada se acercarán hasta una aldea próxima donde piensa apoderarse de una mujer que les servirá de entretenimiento. El soldado no sabe qué pensar al respecto de las palabras de su superior, considerándolas una broma de mal gusto, sin embargo, antes del amanecer se encuentran en una población donde todos los aldeanos duermen ajenos a sus presencias y a sus intenciones de raptar a una joven vietnamita (Thuy Thu Le). A raíz del secuestro Corazones de guerra se aleja del género bélico que había mostrado durante sus primeros compases, desarrollados en una jungla plagada de soldados norvietnamitas, para adentrarse en un espeluznante drama que profundiza en el comportamiento salvaje e irracional de cuatro de los cinco miembros de un pelotón que tortura, viola y asesina a una muchacha incapaz de comprender el por qué del salvajismo que sufre. Eriksson observa el horror sin poder hacer nada para impedirlo, salvo protestar desde su distanciamiento de los hechos que se producen ante sus narices. Sus intenciones y sus obligaciones chocan en un constante enfrentamiento entre su pertenencia al grupo (y al ejército) y su conciencia de ser humano, incapaz de aceptar cuanto sucede a su alrededor. La situación filmada por Brian De Palma resulta angustiosa, agónica y de extrema dureza. Muestra como esos jóvenes se dejan arrastrar por instintos primitivos e irracionales desatados por la guerra, ya sean los criminales que afloran en Clark (Don Harvey), la estupidez innata en Hatcher (John C.Reilly) o la vergüenza que impulsa a Diaz (John Leguizamo) a comportarse como sus compañeros, renegando de ese modo de Eriksson, el único que se opone a la aberración y barbarie que Meserve lleva a cabo con el respaldo de sus hombres. Las intenciones de Eriksson no bastan para salvar a la vietnamita, quizá porque no hace cuanto está en su mano, duda que se instala en su mente (y que dura hasta el tiempo presente en el que arranca y finaliza el film) y que le empuja a sacar a la luz una verdad que sus superiores no desean dar a conocer, cuestión que remarca otro de los muchos aspectos negativos del tiempo de guerra, pues se niega la existencia de víctimas inocentes que han sucumbido ante el brutal comportamiento de soldados condicionados por un entorno de muerte y destrucción, pero también por sus propias carencias humanas.

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