Ir al contenido principal

Tempestad sobre Washington (1962)


El sistema judicial en 
Anatomía de un asesinato (Anatomy for a Murder, 1959), la Iglesia Católica en El cardenal (The Cardinal, 1963) y la política en Tempestad sobre Washington (Advise and Consent, 1962) muestran a un Otto Preminger que se adentra con valentía en tres espacios que disecciona sin rehuir el conflicto ni la crítica. La perspectiva del cineasta es comprometida y, en este caso concreto, nada favorecedora de un ámbito, el político, donde prejuicios, medias verdades o mentiras e intereses parecen ser aceptados como parte de la ambigüedad del un sistema tolerante con algunos aspectos e intolerante con cuestiones ideológicas o personales que nada tendrían que ver con los asuntos a debatir en esa sala donde se presupone que toda la nación se encuentra representada. En cualquier película se pueden descubrir aspectos que muestran parte de la época de su rodaje: costumbres, modas o circunstancias sociales que se desvelan de su puesta en escena o de aquello que se narra, y Tempestad sobre Washington es un buen ejemplo de ello, ya que desde su arranque se perciben cuestiones de su tiempo, como sería la imagen de un senado donde no existe indicio alguno de presencia afroamericana, latina o femenina (en la votación final se nombra a una supuesta senadora). En la sala sólo se observan senadores de raza blanca que debaten a la espera de que se apruebe la elección del nuevo Secretario de Estado propuesto por el presidente de la nación (Franchot Tone). Pero Robert Leffingwell (Henry Fonda) no es del agrado de algunos representantes de la cámara alta, sobre todo no cae simpático al veterano senador Seabright Cooley (Charles Laughton, en su última aparición en pantalla), quien piensa emplearse a fondo para impedir que Leffingwell acceda al cargo (presumiblemente porque desea vengarse de algún hecho del pasado). De ese modo pronto se pone en tela de juicio la valía de Leffingwell, no por quien es sino por lo que fue, y ante tal circunstancia pide al presidente que desista de su intención de nombrarle para ocupar un cargo tan importante. Sin embargo, ante la petición del líder del país, se compromete a seguir adelante y accede a enfrentarse ante el comité de investigación presidido por el senador Brigham Anderson (Don Murray), en un momento que recuerda a las comisiones de actividades antiamericanas realizadas durante el mccarthismo. Al candidato se le acusa de haber acudido a reuniones comunistas durante su juventud, acusación que le obliga a mentir, negando su contacto con la doctrina marxista en una época de su vida por él olvidada. El escándalo no termina en esa vista, ya que el senador Brigham descubre que el candidato ha cometido perjurio y se niega a apoyar su nombramiento, exigiendo al presidente que cambie su elección. A partir de ese instante Tempestad sobre Washington abandona los despachos y pasillos del Capitolio o de la Casa Blanca para seguir de cerca el drama que atañe a Anderson, que empieza a recibir presiones y amenazas telefónicas que reavivan un pasado anterior a su carrera política y a su matrimonio con Ellen (Inga Stevenson). Al igual que a Leffingwell, al joven senador le persigue un fantasma pretérito que podría acabar con su presente político y con su vida personal, porque al igual que los flirteos con el comunismo, en la época en la que Preminger rodó el film, la homosexualidad sería una acusación muy grave para alguien en su posición. De ese modo se descubre que en política las cuestiones de índole personal pueden ser presentadas como trapos sucios que poco o nada tendrían que ver con la supuesta valía de aquellos a quienes únicamente atañen sus circunstancias personales, sus ideas legítimas o sus tendencias, que deberían ser respetadas desde las libertades individuales que proclama esa misma cámara y no condenadas por el intolerante conservadurismo que empuja a Anderson al suicidio. Tras la muerte del político Tempestad sobre Washington regresa a los pasillos del senado, donde se observa que ni el trágico suceso ni los hechos que lo provocaron cambian las intenciones de hombres que negocian en la sombra para obtener aquello que desean; así se descubre al jefe de la mayoría (Walter Pidgeon) y a Cooley, rivales hasta ese instante, realizando un pacto con el que ambos se benefician, y mostrando que para ellos todo vale con tal de alcanzar las metas propuestas. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...