Ir al contenido principal

Stromboli (1950)


Roma, ciudad abierta (Roma, città apperta, 1945) y Paisà (1946) situaron a Roberto Rossellini entre los grandes cineastas del momento. Esta circunstancia no pasó desapercibida para productores como David O. Selznick. Sin embargo el realizador italiano declinó la oferta que aquel le hizo para trabajar en Hollywood, aunque sí aceptó la propuesta de Ingrid Bergman, después de que esta le escribiese expresándole su admiración por los títulos citados y su buena predisposición para participar en futuros proyectos del realizador. Su deseo se materializó en Stromboli, terra di Dio (1950), un clásico incomprendido en su momento, de igual modo que fue incomprendida la relación personal que ambos iniciaron —desatando el escándalo mediático y el rechazo de ciertos sectores que no tendrían en cuenta que se trataba de un asunto privado; por tanto, que solo concernía a los implicados. Aparte de no ser bien recibida ni por público ni crítica, y de sufrir cortes en su estreno norteamericano, Stromboli implicó el rechazo de Hollywood hacia una de sus estrellas favoritas —la actriz sueca no volvería a rodar en Estados Unidos hasta Anastasia (Anatole Litvak, 1956)— y también el rechazo de los admiradores del cineasta, que repudiaron el film al pensar que el protagonismo de un rostro famoso traicionaba la esencia de su cine anterior. Pero más allá de la estrechez de miras de unos y de otros, la película fue el inicio de la fructífera relación profesional de dos nombres propios de la historia del cine, una combinación que se saldó con obras fílmicas indispensables que recorren la interioridad del alma humana. Lo hacen sin adornos cinematográficos y desde la objetiva subjetividad de Rossellini, que accede al dolor que acompaña a sus protagonistas durante su búsqueda por alcanzar la verdad que les permita liberarse.


La confrontación, la búsqueda y el dolor presentes en el cine de Rossellini se citan en la isla volcánica que da título al film, un espacio natural situado en el mar Tirreno (al norte de Sicilia), marginado y marginal, anclado en el primitivismo físico y humano que impiden la libertad pretendida por Karin (Ingrid Bergman)
 cuando contrae matrimonio con Antonio (Mario Vitale) en el campo de refugiados donde se inicia la película. Allí espera el visado que le permita su nuevo comienzo en Argentina, pero la negativa de las autoridades a concederle el permiso para entrar en el país sudamericano, obliga a esta mujer, lituana de nacimiento y culta de formación, pero sin patria adonde regresar, a tomar la decisión que, creyendo su liberación, la condena.


Karin no encaja en ninguna parte, menos aún en ese entorno rocoso y volcánico al que no pertenece y, como persona ajena al mismo, donde nunca es aceptada. Los isleños son incapaces de comprender más allá de lo establecido dentro de los límites de Stromboli, de tal manera que, cercada por el mar, la isla se convierte en un nuevo presidio que oprime la mente y condiciona el comportamiento de la extraña. Ni siquiera su marido, aferrado a esa porción de tierra que lo vio nacer, y donde creció moldeándose a su imagen, es capaz de comprender el tormento sufrido por Karin, en un lugar que le roba cualquier atisbo de esperanza y de libertad. Antonio ni atiende ni entiende las palabras de su mujer, simplemente porque su idea del mundo difiere de la de ella, de modo que se centra en su trabajo de pescador convencido de que este les proporcionará lo necesario para ser felices. Resalta a simple vista que Stromboli no le afecta del mismo modo que a su mujer. Para él se trata de su medio natural, no así para Karin, que solo encuentra desolación, incomprensión y otras sensaciones incómodas que la esclavizan y la alejan del bienestar que esperaba alcanzar cuando aceptó un matrimonio no deseado. Su único consuelo parece encontrarlo en el cura del pueblo (Renzo Cesana)
, quien aparentemente la comprende, aunque pronto se descubre que también el párroco es ajeno a la imposibilidad que asfixia a la protagonista. En todos sus encuentros le aconseja resignación, porque aún es joven y el tiempo acabará por arreglar su situación, pero por mucho que Karin aguante e intente adaptarse, la soledad y el vacío existencial se hacen más fuertes. Su condición foránea, la incomunicación o la diferencia cultural la distancian de los habitantes que la juzgan y de la isla que la condenada, porque su comportamiento y su comprensión del espacio difieren de los de esos hombres y mujeres que, generación tras generación, se han adaptado a una tierra dura, creando sus normas y sus tradiciones, condicionados por la presencia de ese volcán que ya forma parte de ellos. Pero aparte de ser la crónica de un encierro, Stromboli es un magnífico documento que capta el enfrentamiento entre la naturaleza y el ser humano —ajeno a ella— representado en Karin, un alma atrapada en la cotidianidad opresiva a la que no pertenece, viviendo el día a día de una manera diferente a esa población que asume las condiciones de extrema dureza en las que vive como parte de sí mismos: reconstruyen sus hogares cada vez que el volcán los arrasa, se protegen de las erupciones en el mar, del cual extraen los atunes que se convierten en su principal actividad económica —espléndida la escena de la pesca— o los más pequeños se zambullen sin otra preocupación que la de divertirse en las aguas que bañan una isla que, siendo su hogar y el de sus mayores, se convierte en la prisión de quien no pertenece a ella.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...