Los atractivos de Un puente lejano (A Bridge too Far, 1976) no se reducen a su espectacular reparto, ni a la partitura de John Addison —que había formado parte del XXX Cuerpo del Ejército durante la operación real que desarrolla el film—, sino también a una dirección más ágil y homogénea de lo que podría esperarse de una superproducción plagada de estrellas a las que contentar y dar protagonismo, así como cubrir los frentes abiertos para detallar los hechos. Richard Attenborough realizó un bélico compacto que báscula entre la épica y la crítica, entre la admiración y la compasión hacia esos soldados que marchan convencidos de su victoria, hasta que comprenden que forman parte de una carnicería evitable. Sin perder de vista la recreación histórica del momento y del hecho que expone durante más de ciento sesenta minutos, Un puente lejano se inicia explicando brevemente cómo era Europa en 1944 para poco después introducir Market Garden y así entrar de lleno en una operación militar condenada al fracaso. Hay un momento en el que se busca el cuándo se produjo el error que condujo al fracaso de Market Garden. Los generales dicen que si fue en Nimega, después de Nimega o debido a las niebla en Inglaterra que retrasó el despegue de la brigada polaca al mando del general Sosabowski (Gene Hackman), quien ya había mostrado su escepticismo y sus dudas respecto al plan del mariscal Montgomery. Pero en ese instante, que confirma sus sospechas, es quien más se acerca a la realidad, pues asume que <<no importa dónde fue. Basta el instante en el que un hombre le dice a otro ¿por qué no jugamos a la guerra? Y mueren todos>>. Las palabras de Sosabowski dicen lo que intuía y ahora se confirma, que la operación nació de aspiraciones personales y divismo, no como una necesidad militar. Ese fue el gran error, el posicionar egos por delante de objetivos posibles, más cercanos que <<un puente demasiado lejano>>, como finalmente reconocerá el general Browing (Dirk Bogarde) ante el general Urquhart (Sean Connery), después de que este haya vivido el infierno de Arnhem.
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...




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